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Nuevamente estoy de viaje

Antiguamente las personas nos comunicábamos por cartas o telegramas, recados verbales o escritos, y hasta gritos de una ventana a otra, luego apareció el teléfono y mejoró la situación.

Como ocurrió con la primera gran división del trabajo, las tecnologías de la comunicación escindieron a la sociedad: los que tienen TICs y los que no tienen ni tac.

Ahora dos personas en una misma casa, no se hablan, se envían mensajes de cell y si tienen dos computadoras en red utilizan uno de los muchos sistemas de mensajería o chateo local, es más, me atrevo a asegurar que usted habla menos con los hijos del vecino, si no tienen modernas tecnologías, que con los propios.

Es verdad que Internet te saca a pasear, te lleva a las tiendas, te trae los museos a las casas, te hace reír con los millones de chistes que circulan, te emociona con los videos o te aterroriza con las noticias, pero si te falla el ordenador, eres el ser más desgraciado que existe.

El hombre o la mujer moderna conectados por la Red dependen casi al ciento por ciento de los ordenadores, solo va quedando el sexo y ojalá no se le ocurra a un joven loco inventar el sexo cibernético, porque entonces si nos desgraciamos.

Y cuando hablaba de fallos es porque no hemos convertido en tan inútiles que ya no sabemos consultar un diccionario, si ese respetable libro, regularmente gordísimo, de papel fino que nos facilita saber el nombre o propiedad de cada cosa. Ahora cuando necesitamos desde una palabra, hasta una receta de cocina, acudimos a los servicios on line y en el momento estás servido.

Y nadie lee novelas, les ve y escucha en la computadora, el cine viene a la casa y con mejor programación que la TV, porque no median los censores. Y si te preocupan los menores, pues acude al parental y sé tú mismo el censor.

Hace dos meses conocí la triste experiencia de un ordenador dañado, no roto, sencillamente sin tarjeta de red que es lo mismo que cuando castran a un toro, sigue con mucha fuerza, es un bárbaro arando, le llaman buey... pero hasta ahí.

A mi casi me castraron intelectualmente, no porque se me fueran los conocimientos, ¡que va!, siguen ahí, pero sin la posibilidad de reabastecer los almacenes del conocimiento.

Piense en esto, en nuestra realidad. Si la PC sirve, en cuanto amanece te enteras de lo que sucede alrededor de todo el mundo, de lo bueno y lo malo, de la guerra y la paz, de lo bello y lo feo, pero si no puedes conectarse, solo te enteras de que el aguacate ya bajó de 10 pesos, de que hay desodorizante sellado; puedes asomarte a la ventana y comprar una libra de pan salado o semidulce, con el primero pagas un peso de más y lo tienes en la casa, el segundo no sé por qué te cobran dos.

Pero la pesadilla pasó, ya tengo tarjeta de red, puedo saber qué ocurre más allá de mi barrio, saludar a los amigos distantes, chatear con mis hijos cuando están en su cuarto, porque cuando se sientan a la mesa como tienen que atender el teléfono no me hablan... y viajar, puedo viajar mucho, hace unos minutos, antes de hacerles esta confesión, estaba por Nepal y luego visité una colonia de monos verdes y si esta cosa no se rompe, pienso ir mañana a Galápagos: que bueno es volver a viajar.

Sobre el Autor

Ramón Brizuela Roque

Ramón Brizuela Roque

Licenciado en Periodismo Universidad de La Habana 1977. Premio Provincial por la Obra de la vida, 2013.Fue redactor reportero en Juventud Rebelde y Trabajadores; colaborador asiduo en Radio Guamá y TelePinar.

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