Actualizado 17 / 08 / 2017

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Carrera de obstáculos

Después que me desmonto de la guagua, el tramo que tengo que recorrer para llegar a mi casa no tiene desperdicio. Es como una carrera con obstáculos, en la que tengo que ir sorteándolos todos y cada uno si quiero llegar a la meta.

El primero de ellos yo lo llamo “los borrachines” y es un grupo de señores que se reúnen en una esquina a darle por la mismísima costura al vino de cuatro pesos de la bodega o a lo que aparezca. Son unos borrachos muy clásicos que cantan “con dinero y sin dinero, yo hago siempre lo que quiero...”, como para que nadie dude de su autenticidad.

Se meten con todas las mujeres que pasan por su lado haciendo uso del repertorio tradicional de piropos: “Si cocinas como caminas, me como hasta la raspita”, “después dicen que no hay carne, lo que no hay es lata para envasarla”, “niña, estás como la langosta: 'cola na’má’”. Son un poco incómodos a veces, pero inofensivos.

El punto más álgido que he vivido con ellos, fue un día en el cual uno trató de tocarme el pelo (nada más y nada menos que el pelo) y le di el manotazo de su vida. Desde entonces ellos mismos se autorregulan: “No te metas ahí que esa es la china que muerde”, se advierten. Otro día les regalé una caneca de las de verdad y me convertí en su ídola... por tanto “los borrachines” es un obstáculo que paso más o menos relajadamente. “Ustedes están tomando todavía, ¿hasta cuándo son los quince de Yaquelín?”, suelo decirles. “Ay, China, la vida está muy dura... ya nosotros trabajamos bastante... ahora les toca a ustedes”, suelen contestarme.

Después, viene el peor de los obstáculos que he denominado “los jamones asesinos”. Son un grupo de manganzones que venden jamón y viandas, groseros y prepotentes, siempre sin camisa enseñando sus barrigas y sus cadenas. Su repertorio de piropos es como el Kamasutra musicalizado por Chocolate. Luego de preguntarte “mami, ¿tó’ eso es tuyo?” empiezan con los “si te cojoooooo”, “te voy a poner así”, “te voy a meter lo que te voy a meter...”, en fin, que me dejan muy claras sus intenciones de ponerme a bailar en un palón divino, en un solo pie, arriba de una pierna de jamón. “China, si te casas conmigo te resuelvo todos tus problemas”, dice uno casi pegándoseme al oído y yo, para mis adentros, “¿este quién se cree que es: el Ministro?”. Siguen las propuestas: “China, conmigo no te va a faltar el jamón” y mi yo interior poniéndose a la altura: “este jamón no es pá’ perros, papi” y poco a poco me voy alejando de la jauría.

Luego le sigue el obstáculo más disfrutable, al cual llamo “la trigueñera” y es un improvisado terrenito donde los muchachos del barrio juegan pelota, taco, fútbol, según la temporada. Ahí yo siempre aminoro el paso para contemplar bien el paisaje: las frondosas espaldas, los empinados traseros, las monumentales piernas. Niños que yo vi nacer y que ahora siento que me ponen vieja, que los miraba en sus cunas con mucha ternura y que ahora, con su shorts minúsculos y sus suculencias, bien bien que podría mirarlos como comida. ¿Quién es la jamonera ahora? “La hierba creciendo y el machete perdiendo el filo, bueno, la mocha”, pienso y sonrío.

Y por último, llega el tramo más inofensivo, o al menos, el que lo era hasta hoy: un señor que a la hora que paso siempre está bañado y entalcado, con su pijama limpio sentado en el portal y mirando al infinito. Todos lo saludan: “Buenas tardes, Franco”, “cómo estás, Franco”, “qué calor está haciendo, Franco”, y él, ni por enterado. Yo también lo saludo siempre haciéndole un ademán con la mano, la cabeza o la boca, y nunca me había respondido tampoco, hasta hoy, que parece decidió hacerlo en grande por todas las ocasiones anteriores.

A mi paso, ha cesado su infinito mirar al horizonte y ha bajado la vista y yo, asombrada, lo he hecho con él y más asombrada todavía lo he descubierto con su miembro en las manos autocomplaciéndose. En eso salió la hija con un jarrito con agua y una pastilla... y yo que casi le advierto: “La viagra no se la des ahora que no la necesita”. Ella, enseguida ha mirado para el lugar justo: “Qué cosa, papi, ahora te ha dado por eso... discúlpalo, mi’ja”. Le hago un gesto de “no te preocupes, más me han ofendido los otros sin siquiera desenfundar”.

Solo creo que debo cambiarle el nombre a este último tramo: “el abuelito Franco”, lo llamaba yo; “el Franco-tirador”, creo que pega más ahora.

Ufff... 10 metros más y ya estaré en mi casa, bueno, déjame no cantar victoria, porque cada día de mi vida es tan paranormal como un capítulo de los Expedientes X, no sea que ahora se me aparezca el mismísimo Abominable Hombre de las Nieves pidiéndome calor.

Sobre el Autor

Yuliet Calaña

Yuliet Calaña

Periodista del sistema informativo Islavisión.

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  • Invitado - Frank Pupo

    Genial, el realismo magico crudo, donde las dan las toman!
    Saludos y extiendete mas, que es genial el articulo
    Frank

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  • Invitado - tito

    ajajajajajajjaa no he parado de reirme...me ha encantado esto...la realidad contada con gracias

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  • Invitado - Susanna

    Hija lo tuyo es toda una travesía ??? lo mismo vas por el Mediterráneo entras al Mar Negro, que de momento te encuentras en el Triángulo de la Bermudas ???? ufff q travesía...

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  • Invitado - Susana swaby

    Para mi eres la mejor ..me gusta mucho leerte ..felicidades. saludos

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  • Invitado - Danay

    ajajajajajajajajajaj súper...esta es la muchacha de la isla que publica cosas simpatiquísimas en facebook...cúantod e esta gracia le hace falta a n uestro periodismo de hoy...felicidades

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