Actualizado 20 / 10 / 2017

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Bebedores, no borrachos

Una amiga me comenta que su hijo “bebe y fuma”, como si fuese una maldición, le pregunto si trabaja y su respuesta afirmativa, la acompaña de otros detalles que son virtudes, como que es buen obrero, que la ayuda económicamente y responsable con las tareas domésticas que comparten porque viven solos.

Le digo que, aunque son adicciones, no creo que el consumo de alcohol y nicotina sean razones suficientes para estigmatizar a ningún ser humano, que en lo personal considero faltas mayores la vagancia, desconsideración o robo, sonríe y me dice “tienes razón”.

Dentro de la cultura y sociedad cubana las bebidas etílicas están asociadas a celebración, fiesta e incluso, fundamentalmente en los del sexo masculino, a una reafirmación de la adultez, como todo en exceso, hace daño y no pretendo ni mucho menos minimizar el daño del alcohol para la salud humana o del cigarro, pero en el primer caso también hay investigaciones que avalan que ciertas dosis benefician el organismo.

Más allá de cualquier uso terapéutico, lo cierto es que los hábitos de la familia influyen sobre los niños y jóvenes y en su predisposición para formar parte de quienes beben o no.

Eso es posible determinarlo en casa y si los progenitores o tutores lo aprueban lo idóneo es entonces enseñarle, cuando tenga la edad apropiada a consumirlo, en ambientes controlados y con la cultura que lleva esto, que también existe, y nada tiene que ver con las comunes borracheras.

Si bien ser un “bebedor”, no es razón suficiente para emitir un juicio valorativo sobre alguna persona, también es preciso extremar las precauciones sobre la forma en los jóvenes se acercan a estas prácticas, hace poco el padre de una quinceañera, expresaba su preocupación por el abuso de bebidas en las celebraciones de las coetáneas de su descendiente.

No es raro que los organizadores de las fiestas coloquen botellas de ron por mesa y ante la ausencia de adultos que supervisen entonces aparece el estado de ebriedad, que puede llegar incluso hasta un coma etílico, con riesgo para la vida, el cual requiere de atención médica y está asociado con secuelas para el desarrollo físico y síquico del adolescente.

Para algunos quizás resulte alarmista o excesivo llamar la atención sobre el tema, pero el padre en cuestión presenció a varios jóvenes sentados en la acera, rodeados de su propio vómito e incapaces de realizar por sí solos el retorno a casa, lo peor, si todos están así ¿quién cuida de quién? Quedan vulnerables y ellos mismos están dañando cuerpo y mente.

Lamentablemente hechos así no solo suceden a la salida de fiestas de 15, también hay adultos que incitan a estas prácticas, aún contra la voluntad de los jóvenes, “porque para ser hombres hay que beber”, aunque no es un asunto solo de varones, el alcohol y el abuso sexual son viejos compañeros, y junto a licores se vinculan otras drogas.

Por ley la venta de bebidas alcohólica no se realiza a menores de 18 años, algo que frecuentemente se viola, pero si siquiera precisan comprarla, sino que se les propicia el consumo ya es otra cosa, cada quien en casa sabe cómo se comporta su hijo, se supone además domine dónde y en qué compañías anda, pero sabido es también que en estos casos se pierde la regulación de la conducta y de ahí a males mayores hay solo un paso.

Durante el período vacacional crece el número de celebraciones en espacios privados o públicos, lógico que así sea, el alcohol no es indispensable para divertirse, pero si está incorporado por patrones conductuales y se le considera un elemento prioritario, es preciso estar al tanto de los detalles, en el cuerpo de adolescentes el nivel de alcoholemia es mayor y por ende los riesgos.

Cada vez es más temprano el inicio del consumo, no es un fenómeno nuevo, ni mucho menos, ni tampoco algo que solo suceda en nuestro país, de hecho, Guerrillero, ha abordado el tema con anterioridad, la familia y la sociedad han de tomar cartas en el asunto, los organizadores de fiestas, tenerlo en cuenta, así como los expendedores y los centros creados para este fin, porque hasta con uniforme escolar a veces están bebiendo en determinados sitios.

Con todas las oportunidades que tienen a su alcance nuestros jóvenes, para hacer de su vida un fruto de buen provecho, es inconcebible que la negligencia de quienes debemos cuidar por ellos permita que se malogre.

Beber no los hace malos, pero sin control, les hace daño. Para todo hay un momento, no les quitemos los placeres de la infancia y la adolescencia, ya les llegará en la adultez la posibilidad y la capacidad de elegir por ellos mismos, para que sean bebedores y no borrachos.

Sobre el Autor

Yolanda Molina Pérez

Yolanda Molina Pérez

Licenciada en Periodismo de la Universidad de Oriente.

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