Actualizado 17 / 12 / 2017

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El hombre de la casa

“Tun, tun tun”, “tun, tun, tun”. Sonaban los golpes en la puerta delantera de la casa. Alguien llamaba incesante. Entonces una voz masculina respondió como un trueno desde el fondo de la misma: – ¡Ya vaaaa, un momento! –

De pronto la sorpresa invadió a quien tocaba, pues frente a él se encontraba un hombre alto, barbudo, su mano izquierda sobre un cabestrillo y en la derecha una espumadera. Su ropa: short, pulover, chancletas y... un delantal.

– Eh... y tu papá –. Estás trabajando. – ¿Y qué te pasó en el brazo? –. Me caí y se me luxó el hombro. Pregunta tras pregunta el necesitado solo observaba de arriba abajo a su interlocutor; y ante una explicación del cocinero luxado sobre la situación familiar imperante recayó una última interrogante. – ¿¡Pero tú cocinas!? – Sí, y barro, y limpio y friego y hago mandados si la situación lo requiere. Lo hago con gusto ¿Usted no lo haría? ¿Qué hay de malo en eso?

– Bueno es que eso son cosas de mujeres. El hombre de la casa no entra en esos asuntos –.

Y yo diría, ¿por qué no? El saber y la práctica en algo son las mejores armas que tenemos a diario. Y es lo único de lo que nada ni nadie puede despojarnos jamás. Ni siquiera el tiempo, pues este solo las perfecciona.

Imaginémonos por un momento estando solos. Si no supiéramos hacer alguna tarea doméstica –“de mujeres”– determinada, o por un supuesto “machismo” equívoco tampoco hubiésemos querido aprender. ¿Qué haríamos? Llamar a otro, imposible, recordemos que estamos solos.

¡Pero tenemos vecinas y hermanas!, dirían algunos. En efecto. Y ¿recurriríamos a ellas cada tres minutos? No creo, pues a ningún hombre le gustaría verse o parecer inútil frente al sexo femenino. Claro, somos el sexo fuerte. Pues actuemos como tal, porque de acuerdo con un dicho popular “donde hay hombres no hay fantasmas”.

Personalmente no creo mucho en la división de las tareas por sexo, si no por quien mejor y más rápido las ejecute. A fin de cuentas, si de trabajar se trata, mi esposa, por ejemplo, lo hace al parejo de este escriba. Y ya sea martillando o pintando a brocha gorda siempre da su mejor esfuerzo. No por eso deja de ser femenina.

Ejercer labores domésticas no demerita, sino enaltece, y bien puedo asegurar que al final de la jornada, también se disfruta y llega la satisfacción. Una mayor por lograr algo que nunca se había hecho y que salió a pedir de boca. Recordemos además que muchos de los principales y de mayor renombre a nivel mundial en los campos del diseño, la decoración y la alta cocina entre otros, son hombres.

Desafortunadamente la vida a veces no nos muestra su mejor sonrisa, y nos pone a prueba de disímiles maneras. Solo nos queda estar aptos para sortear los obstáculos y vicisitudes que se interpongan en este corto camino. Y en este escenario, por ley universal campea mejor quien más preparado esté y más conocimientos teórico-prácticos demuestre.

Por suerte, tengo padres que me han enseñado mucho; lo que saben y lo que no. Y gracias a ellos es que de igual forma puedo elaborar la mejor de las comidas y remendar una pieza de ropa, o construir una casa, pasando por zapatas, arquitrabes, plomería o electricidad.

Y para los que aún se preguntan, la escena al comienzo de estas líneas sucedió de verdad. Pero a fin de cuentas, ninguna tarea me asusta o me pone en un aprieto, pues soy el hombre de la casa.

Sobre el Autor

Ariel Torres Amador

Ariel Torres Amador

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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