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Mis tres abuelas

Teresa- la paterna- fue una señora de respeto, siempre muy seria. Pero de ella aprendí a valorarme y a servir. De mi recuerdo de niña y adulta no tengo una remembranza de ella que no fuera trabajando para los demás.

Su casa era una de las pocas en la que había un refrigerador marca General Electric. En el cual ella hacía deliciosas cremas de leche o de frutas que eran nuestras principales golosinas. Llegabas a su casa y siempre te ponía comida a la mesa. Le gustaba disponer platicos y platicos, nada de "completas", así mientras te hablaba y observaba comer, "picaba", algún poquito de arroz servido en la palma de su mano.

Carácter y respeto nos enseñó, y también a resguardar y defender a la familia por encima de todo. Era una mujer fuerte en un cuerpo ligero y encorvado por los años. Así la recuerdo. Murió en agosto de 2006, durante el paso del ciclón que mantuvo después a Pinar del Río como 10 días sin corriente eléctrica. Su velorio fue a la luz de un farol Coleman. así despedimos su paso por la vida.

La abuela María-Ia- como le decíamos todos los nietos nos enseñó a querer y a preocuparnos por los problemas de los demás, a ayudar en lo que podamos.

Tenía un corazón enorme para dar amor y esa forma de ser en alguna medida quedó en cada miembro de la familia. A su alrededor se reunían los nietos y bisnietos- y para todos -visitar su casa era una fiesta.

Nunca tuvo mala cara y siempre nos trató de guiar por el mejor camino. Los consejos sencillos y acallados -como el que no quiere imponer y sí ayudar- llegaban y uno los agradecía.

Acostumbrábamos a decir que su olla arrocera era mágica. No importa la hora que llegaras, ni cuántos a la vez coincidieran en su pequeña casita, la comida -como el pan y los peces bíblicos- se multiplicaba.

Cocinaba riquísimo, no importa si era algo tan sencillo como huevos y habichuelas, lo que saliera de sus manos y sazón sabía a gloria.

En su casa aprendimos a compartir con los demás, a que lo poquito puede ser bastante cuando se da con voluntad y a que los vecinos y las personas que nos rodean son importantes.

Le gustaba hacernos historias de cómo hubo tiempos difíciles en los que tuvo que lavar para "afuera" para ayudar a mantener la familia. Abuela Ia era como una madre protectora para todos, porque siempre sabías que donde quiera que estuvieras ella estaba pidiendo e intercediendo por nosotros.

Me queda Mima. Era una viejita estupenda que le gustaba mucho reírse y mortificar. Le decían Tila, aunque su nombre era Domitila. Vivíamos en el reparto Oriente una casa frente a otra, y como son las cosas cuando son del alma, ella que no tenía ningún tipo de relación consanguínea conmigo, también fue mi abuela.

Con ella supe que no hace falta ser familia para serlo, que hay parientes que los que escoges de porque sí, y ella me escogió a mí- o yo a ella.

Debajo de su saya de tachones me escondía para escapar de alguna inyección o sencillamente para pasar más rato con ella.

Me enseñó a querer, a ser comprensiva y algo importante a enfrentar los malos tiempos con buena cara. A veces se quejaba de dolores, pero al momento reía, era como si de su risa dependiera la felicidad de los demás, así nos alegraba aquel pedacito de vida.

Mis tres hadas tuvieron en común el amor por la familia, el ser mujeres cubanas, reinas y señoras de sus casas, y el guiar a sus descendientes por el camino más recto en la vida. Fueron personas de bien que dejaron su legado y que hoy alguien las recuerda con nostalgia y a la vez con orgullo.

Sobre el Autor

Ana María Sabat González

Ana María Sabat González

Licenciada en Español y Literatura, periodista de Guerrillero. Ha sido profesora de la Universidad Hermanos Saíz Montes de Oca. Se dedica al periodismo desde el año 1996 y aborda en sus trabajos diferentes temáticas sociales y políticas.

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