Actualizado 21 / 07 / 2018

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¡Horrores a la vista!

Del tema se ha hablado poco a mi entender, pues el problema no es tal a la vista de nadie. De hecho, es tan cotidiano y familiar que la atención hacia el asunto es superflua e intrascendente. Lo vemos, lo leemos, y a veces nos da risa por las ocurrencias, otras sencillamente repugnancia pues ya la gracia se convierte en grosería, y otras tantas decimos “mira pa´ eso, desagradable y con faltas de ortografía”. Si a este punto usted no se ha dado cuenta de lo que aquí se comenta, pues ya se lo digo: los letreros y carteles que “orgullosamente” portan y exhiben bicitaxis, camiones, carretones de caballo, entre otros. No es un secreto que dichas escrituras coquetean con el mal gusto y rayan en lo reticente de la incultura misma, provocando un sinsabor lexical y enajenando o negando toda la tradición poética que se nos ha legado. Quizás quienes los ostenten como muestra de un alter ego no reconocido y odiado por la sociedad, no saben que así pronuncian sus personalidades, sus formas de ser, sus apariencias personales; pues parafraseando al refranero popular, somos esclavos de lo que decimos y lo que escribimos. Es harto común caminar y leer cosas como “Chulo soy, porque putas tengo”, “Kimba pa´ que suene”, “Me gustan las cervezas frías y las mujeres calientes” solo por citar los más decentes, pues como dijera una querida profesora de la Universidad de la Habana: “las malas expresiones y lecturas no deben replicarse. Para ellas no debe haber cabida en nuestra sociedad”. Tales muestras radicales de esta extraverbalidad barbárica dicen mucho de lo que llevamos dentro, y si analizáramos psicológicamente el fenómeno, casi siempre el “texto” en cuestión anuncia de lo que se carece o la catadura moral de un individuo. Y me pregunto el porqué de su proliferación, pues según tengo entendido existe en Cuba un marco regulatorio para la publicidad de bien público o no. Tanto para un letrero como para otro existe una correspondiente autorización legal. Somos responsables todos y cada uno de garantizar el orden y el bienestar, así como la limpieza y seguridad pública, y por ley estamos obligados a regular los contenidos y medios sobre los cuales realizamos la promoción de mensajes informativos sin importar su carácter. Para algunos quizás exagere, porque repito, al parecer a nadie molestan y desde algún punto de vista alienado pudieran ser hasta “inofensivos”, pero no, nada más lejos de la realidad. Tal “vulgaridad promocional” ofende tanto como el mayor de los insultos, por lo que debería ponerse un coto a escrituras transgresivas si queremos que en un futuro nuestros infantes no indaguen, busquen o reproduzcan patrones similares. ¡Ojo! No confundir censura o falta de libertad de expresión, pues la tendencia del cubano siempre son los extremos. Cada cual es dueño y señor de sus ideas y pensamientos, pero no por eso se tiene la suprema potestad de “plantarle” a la cara de los demás un contenido obsceno y desvergonzado; echando por tierra la cultura que pregonamos por el mundo, o el respeto que debemos a nuestros semejantes. Obviar el problema y voltear el rostro solo nos hace partícipes pasivos de estos salvajismos in crescendo, cómplices de un futuro nada alentador que desde ya descuella a su vez también con líricas dudosas muchas veces radiadas por popularidad. Ya sea que hablemos, castellano, español o cubano, hablémoslo bien, escribámoslo bien, hagámoslo sin manchas.

Sobre el Autor

Ariel Torres Amador

Ariel Torres Amador

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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