Actualizado 21 / 11 / 2017

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“¡Mi´jo ya eso no se usa!”

Tal interlocución me hizo salir del sopor del que venía preso. Confieso no escuché la primera frase, pues la multitud, el hacinamiento y el calor anulaban mis sentidos en aquella chatarra ambulante. Poco después, al nuevo grito de: “¡Señores, por favor!, ¿de verdad nadie le puede dar el asiento a esta mujer?”, comprendí que lo que “supuestamente” estaba en desuso era cederle un asiento a una embarazada que acababa de abordar la camioneta.

Mientras, frente a mí, otras dos personas comentaban: “Imagínate, es que son 10 pesos y uno coge esto por comodidad. Si se le va a dar el asiento a todo el mundo, para eso es mejor venir de pie o no venir”.

De nuevo reflexioné: ¿tanto hemos perdido?, ¿qué es lo que sucede?, ¿cambiaría alguien de verdad sus buenos modales y su educación por 10 pesos?

Para nadie es un secreto que la naturaleza cambiante del hombre lo va haciendo inmune a lo que le molesta, perturba o duele. Sin embargo, estoy en desacuerdo con que hayamos involucionado tanto como para que la indolencia se apodere de la cotidianidad.

Desde pequeño siempre escuché en mi casa “no hables con la boca llena”, “utiliza bien los cubiertos”, “siéntate correctamente”, “pide las cosas por favor”, “da las gracias”, “di buenos días y saluda a la gente”... y otras tantas por el estilo.

En lo personal creo que la cortesía es más que una señal de clase y educación, pues de acuerdo con los expertos, esta tiene un efecto positivo en la salud, el trabajo y la familia.

Tanto la civilidad como la consideración y el tacto son llamados “el aceite que lubrica la gran maquinaria social”, un fenómeno intangible que nos permite funcionar en relativa paz y armonía.

Y con razón. Si todos simplemente actuáramos sin tomar en cuenta de qué manera nuestras acciones afectan a quienes nos rodean, ejemplificándolo de un modo apocalíptico, el solo hecho de salir a la calle a comprar el pan podría significar un posible acto de agresión: los más fuertes tomarían nuestro puesto en la fila de la bodega, los impacientes nos empujarían para quitarnos de su camino y el indiferente nos cerraría la puerta en la cara.

Pensemos que cuando una sociedad da por abandonados los buenos modales, el efecto acumulativo de estas indiferencias aumenta el estrés y afecta el bienestar común.

Un punto que muchos debatirían es que ¿por qué si los demás no son educados o corteses conmigo tengo que serlo yo con ellos? Pues porque sí; considero innecesario recordar que las reglas para un buen convivir se comparan a un pasaporte, uno sin el cual sería imposible viajar por la vida de forma exitosa.

Otro de los problemas fundamentales que da al traste con la apatía reinante en algunos escenarios, es creer que podemos sobrevivir sin el otro, y es a partir de allí que ocurre esta desconexión social.

No obstante, una vez nos situemos en la otra parte y pensemos cómo sería para nosotros ser esa otra persona, solo entonces comprenderíamos que ese prójimo al que hoy negamos atención, bien pudiera retornarnos “el favor” el día de mañana.

Los buenos modales nunca han dejado ni nunca dejarán de usarse, y bien pueden ser recuperados (si es que estuviesen del todo perdidos) con tan solo una sonrisa y una mano amiga al necesitado.

Nuestro deber está en fomentar en el otro el comienzo de una cadena de acciones bienhechoras en cada situación cotidiana; así, como las ondas en el agua, el efecto de su expansión se notaría de inmediato.

Esperar que la sociedad cambie es en vano si no empezamos por nosotros mismos. Recuerde siempre, como dijera alguna vez el célebre e importante filósofo y escritor judío Emmanuel Levinas “primero usted, por favor”.

Sobre el Autor

Ariel Torres Amador

Ariel Torres Amador

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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