Actualizado 23 / 10 / 2018

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La odisea del viajero

Levántate temprano, siempre antes del amanecer; prepara todo en casa, deja listo a tu hijo y sal para el trabajo. Te repites una y otra vez que quizás tengas mejor suerte y llegues temprano hoy, la cosa no está nada fácil para salir del pueblo. Tus compañeros de trabajo viven justo en la ciudad y se pasan todo el día quejándose de que las guaguas no son suficientes, y tú sigues en el eterno debate de pensar en los pesarosos ocho kilómetros que te separan de tu casa y debes recorrer en “botella” o en los ómnibus porque el tren falló de nuevo. Tu cabeza es cuestión de matemática básica todo el tiempo, calculas con precisión cada horario de entrada y salida para adelantarte previsoramente a cualquier situación que pudiera retrasarte. Si hubiera tren, solo serían 15 minutos, solo 15 para llegar a tu hogar, pero no, tu dinámica diaria se vio interrumpida por no se sabe cuál de las dificultades esta vez. Ya las puedes recitar todas en diferente orden: las maquinarias de más de 20 años de explotación están obsoletas, los coches presentan un estado técnico que deja mucho que desear, el bloqueo encarece la importación de nuevas locomotoras, las innovaciones solo resuelven problemas a corto plazo; pero tu problema es el que no viene con fecha de caducidad, se repite cíclicamente muy a pesar tuyo. Resulta que el tren es barato, relativamente rápido y de tener constancia en su servicio, tú y los otros 249 pasajeros que aproximadamente viajan en él diariamente, tendrían menos asuntos de que preocuparse. Como ciudadano consciente, conoces de las limitaciones, las aceptas, la toleras, las sorteas, haces más con menos, siguiendo el principio socialista que nos rige, pero realmente ya no necesitas esas explicaciones con cifras e inversiones pospuestas, te urge el tren para que tu situación no se diluya en informes y aclaraciones, para dejar de ser un viajero inmóvil. Seamos realistas: las rutas de ómnibus no cubren tu demanda ni las de los demás; el tren representa un alivio para todos, pero desde hace meses su inconstancia no permite a ninguno de los usuarios regulares planificarse para utilizar sus servicios. No olvidas las últimas veces que decidiste arriesgarte y llegaste hasta la estación central, donde media hora después de pasado el horario de salida, y con soberbia incapacidad para dar conformidad a los pasajeros, el altavoz informaba que tu medio de transporte no iba a salir por tal o mas cual problema de “última hora”. Y tú, cansado y resignado como más de una vez lo habías hecho, tenías que buscar una alternativa, la que apareciera, para llegar a casa. En ese preciso instante, solo restaba salir a ingeniártelas, no exigirías más explicaciones aunque las merecías; las únicas palabras que habías escuchado fueron “tren suspendido” y tu piloto automático, el de la supervivencia, se disparó. La solución no estaba en tus manos, sigues batallando por llegar a tiempo a cada momento de tu vida, con o sin tren. No sabes de negociaciones que aún están pendientes a nivel de país ni que la política actual respecto a este tema tan delicado para ti como viajero, es de extender la explotación de las maquinarias en uso el tiempo que sea posible; tu problema es más mundano, menos burocrático, porque por mucho que te expliquen, el asunto se reduce a tu necesidad de trasladarte desde tu pueblo hasta donde trabajas. Finalmente estás en casa y te consuelas al pensar que hoy llegaste, mañana ya lo resolverás. Y luego comienza la odisea otra vez: levantarse temprano, dejar todo listo en casa y probar suerte a falta del medio de transporte que te aseguraba el viaje. No necesitas más dilucidaciones al respecto, te hacen falta soluciones, precisas del tren con sus olores, sus pequeños atrasos, pero con constancia porque eres el eslabón más débil en la cadena, sobre quien pesan las deficiencias de un engranaje que no controlas pero del cual dependes.

Sobre el Autor

Vania López Diaz

Vania López Diaz

Periodista y fotorreportera del Periódico Guerrillero.

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