Actualizado 20 / 01 / 2018

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Sin otro remedio que convivir

Y así, al compás de aquello que ellos llamaban música – nada más parecido a un ruido ensordecedor y estridente – comenzó el día para quienes por si fuera poco viajábamos apurruñados.

Él, ellos, con su bafle ambulante a lo “bluetooth” ni por enterados se daban que circulaban en un transporte público, y que su “fiesta” particular molestaba e irritaba a los demás pasajeros.

Y sobre este tema me gustaría reflexionar, pues ya se ha convertido en una moda cotidiana el caminar mientras se presume a todo volumen de los gustos musicales sin importar personas, centros, calles o destinos del trayecto circulado.

Asimismo, estos altoparlantes digitales pueden encontrarse en disímiles lugares comenzando por baños públicos, transportes estatales, mientras se espera en la parada una ruta hacia el hogar, cafeterías, establecimientos de comida, rápida, autos, entre otros.

Ojo, no estoy en contra de que cada cual alegre sus pasos con ritmos de preferencia; no obstante, mientras se haga de forma “popular” habría que pensar en las consecuencias de tal acción para la salud humana, y que en la totalidad de las ocasiones molesta al prójimo.

A la par, si a ello se suma el sonido injustificado de cláxones indiferentes por toda la ciudad, el resultado es nada más y nada menos que una cotidianidad contaminante y venenosa.

Por solo citar un ejemplo, en la esquina de la vivienda de este escriba confluye la terminal de ómnibus, y allí las llamadas “camionetas”. Estas día a día parecieran manifestarse su cariño con un festival de toques indeterminados de claxon, a toda hora sin importar el día, madrugada, noche, vecinos, o siquiera que detrás coexiste un centro educativo de enseñanza secundaria que necesita silencio para sus jornadas lectivas.

Lo peor es que nadie opina sobre este asunto, pues ya es “normal”, y poco o nada parece ejecutar la justicia cuando el problema sobrevive y perjudica. Importante recordar que en Cuba también existen leyes, y que deben de cumplirse a cabalidad.

Tan solo en el artículo 191 del capítulo tres de la Ley 109 del tránsito, que habla sobre los accesorios y otros aditamentos del vehículo, se explica que el conductor de todo vehículo que circula una vía se le impide usar el claxon o aparato similar dentro de las poblaciones y zonas de silencio. Además, se prohíbe la instalación y uso en cualquier vehículo de sirena, silbato u otro aparato similar produzca ruidos intensos o estridentes. ¿Qué decir entonces de esas cornetas insoportables sonando a toda hora?

Por otra parte, los resultados de estudios científicos avalan que la capacidad auditiva del ser humano cuando soporta sonidos por encima de los 80 dBA comienza a afrontar problemas que pueden derivar en sordera y otros padecimientos, díganse problemas cardíacos, hipertensión arterial y trastornos nerviosos; y repercute en el estado anímico de la persona, provocando irritabilidad, agresividad, fuertes dolores de cabeza, insomnio, desórdenes digestivos, fallos de la visión y bajo rendimiento productivo.

Para ello nuestro país cuenta también con normas jurídicas como la Ley 81 del Medio Ambiente y los Decretos Leyes número 200 y 141 respectivamente, que regulan las contravenciones del orden interior.

Lamentablemente hoy poco o nada funciona el llamado a actuar en la comunidad ante la ocurrencia de dichas indisciplinas. En este sentido también falta rigor en la aplicación efectiva de las leyes y en la represión de tales conductas escandalosas por el bien del ciudadano común.

Sería recomendable que los expertos presionen sobre el asunto, pues existen leyes, normas y decretos que prohíben invadir los espacios colectivos con niveles altos de volumen, concibiendo así restricciones, sanciones y multas para quienes violen lo dispuesto.

Si cada cual actuara como le corresponde, puedo asegurarle amigo lector que estas indisciplinas sociales no tuvieran lugar.

Recordemos que nadie tiene el derecho de violar reglas comunes ni de irrespetar el buen gusto. Mientras tanto, en espera de cambios futuros, no nos queda otro remedio que convivir.

Sobre el Autor

Ariel Torres Amador

Ariel Torres Amador

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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