Actualizado 21 / 04 / 2018

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Y caemos en la trampa

Seamos honestos, ¿cuántas veces al mes salimos a la calle a comprar alimentos para nuestro hogar? Despreocúpese, la interrogante anterior no cuestiona su permanencia en el puesto de trabajo o la eficacia laboral, sino la necesidad del avituallamiento hogareño de alimentos y especias de uso casi diario tales como plátanos, malangas, boniatos, ajo, cebolla, ajíes y tantos otros.

De seguro coincidirá conmigo en que nunca se encuentran en el mismo lugar ni al mismo precio. Y es ahí hacia donde se dirige esta reflexión: al precio de los mismos, a su permanencia y calidad, tanto en los mercados estatales como en las llamadas carretillas. Comprar nunca es tarea sencilla, y más se dificulta cuando por una parte el valor asciende y por la otra la calidad merma. En este sentido rara vez pueden encontrarse tomates, plátanos o yucas de calidad y presencia superior en los mercados estatales, pues los cuentapropistas los superan con creces en este apartado. Claro, en este y en el de los precios. Y he aquí varias interrogantes curiosas, ¿acaso tales productos no salen de la misma tierra y de los mismos campesinos?, ¿cómo es que entonces van a parar a lugares tan disímiles y con precios tan distantes y disparatados? Ante tales preguntas muchos grandes feriantes me han comentado off the record que la mayoría de los placeros nunca quieren mucha mercancía –dígase tomates u otros de fácil maduración–, pues corren el riesgo de la merma y el miedo de asumir el pago. Quisiera creer que lo anterior no es cierto, aunque la vida y el desabastecimiento me obliguen. Por supuesto, en este tema agropecuario todavía existen resquicios a pulir como aquellos que ocultan las tablillas informativas, o solo las tienen como ornamento, ya que al momento de la adquisición el monto monetario difiere. Pero lo que realmente preocupa no son siquiera los altos costos, sino la disminución de las “medidas” por las que se venden los productos, otra de las trampas para engatusar al consumidor. Si tiempo atrás los no estatales escapaban a la vista de inspectores omitiendo su presencia en espacios determinados o circulando sin parar, ahora la moda reside en alterar las medidas de venta. Recuerdo que dos laticas de ají se fueron convirtiendo en un pote y este a su vez en otro más pequeño. Así también han sufrido lo suyo los mazos de cebolla, lechuga, habichuelas y ristras de ajo. Todos y cada uno de ellos reducidos, incluso, a la mitad de lo que antes eran. Desafortunadamente hemos caído en la trampa de estandarizar y popularizar las normas y pesajes, así los bienes anteriores ya se comercializan de forma “legal” en potes, mazos y otros de imposible “calibración” por las normas cubanas de metrología. Triste es ver entonces que lo “popularizado” en Cuba es sinónimo de “legal” y por ende se patentiza. Así, al final de la cadena, al formalizar algo que erróneamente se instauró en el cuentapropismo me pregunto ¿con qué base legal podremos usted, yo, el cliente, exigir al vendedor una medida racional o reclamar por la reducción arbitraria en las cantidades de mercancías? Queda entonces a la decisión del comprador, indignado o enajenado, entregar los cinco o seis pesos por un manojo escaso de habichuelas atadas con un arique, o cinco pesos por entre ocho y 10 ajíes cachucha superpuestos en un envase amañado. Las ferias sabatinas o dominicales si se quiere, bien podrían resultar la opción más viable para esquivar las estafas de dichos vendedores particulares; tema quizás más complejo, pero de fácil resolución y montaje, siempre y cuando la voluntad exista. Solo así ganaríamos todos, y evitaríamos la maldita trampa de precios, y medidas trucadas al servicio del vendedor.

Sobre el Autor

Ariel Torres Amador

Ariel Torres Amador

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

Red 2.0

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