Actualizado 23 / 06 / 2017

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Con el dedo en la llaga

Pasó diciembre, y con el quedaron atrás muchos momentos de algarabías y quizás un tanto de desorden público (en el buen sentido) donde para variar no nos importó ensuciar los alrededores con papeles, latas de cerveza y refresco y otras tantas cosas.

Ahora un nuevo año comienza y es un buen momento para empezar a colocar los puntos sobre las íes, echar sal en la herida, llamar la atención o como quiera nombrarse esta cruzada que diariamente enfrentamos a favor del ornato público y del bien colectivo.

Y es que en múltiples ocasiones no nos percatamos de cuán nocivas pueden tornarse esas pequeñeces que raras veces notamos o nos hacen notar. Sí, esas, las indisciplinas sociales que repetimos hasta el cansancio.

Algunos la justifican porque sencillamente no es algo que esté de moda, o que ser siempre el “elemento” cumplidor de las normas y las buenas acciones roce con lo “cheo”, lo “fuera de foco” o “estar metido en otro canal”.

Y nada más alejado de la realidad, pues cumplir con las más elementales normas de higiene y salubridad siempre se agradece. Quizás cuando menos lo esperemos.

Lo cierto es que tales acciones negativas y cotidianas que resultan invisibles a la vista por el tiempo que llevan pasando desapercibidas frente a nuestros ojos (por el simple hecho de considerarlas normal), más tarde vuelven para cobrar una factura que hasta que ocurre es invisible.

Huellas de zapatos en cualquier pared o en bancos incluso recién pintados, grafitis y garabatos en los más disímiles muros, y las conocidas “agendas telefónicas” alrededor de las “públicas” que Etecsa dispone para el uso diario, resultan hoy solo algunas de estas problemáticas.

Si bien las indisciplinas sociales son nocivas, también rozan lo complejo y paradójico, pues mientras que abundan los defensores de la ética civil, la propia ciudadanía – o una parte de ella – es la que atenta contra esa cotidianidad más confortable, higiénica y ordenada que requerimos.

Deberíamos comenzar a reflexionar sobre el uso de la tan llamada propiedad social. Pensemos en cuánto dinero se destina para arreglar esas mismas “públicas” que misteriosamente un día amanecen sin cables o manófonos, o aquellos cristales o puertas que también rompemos debido a una cola mal organizada.

De igual forma arrojamos papeles y latas fuera de los cestos en cualquier cafetería o timbiriche, estando estos al costado de nuestros propios pies. Pero si vamos un tanto más allá veremos asimismo los escombros y restos de poda mal vertidos en las cajas empirrol (los grandes contenedores naranjas) de Comunales.

Luego, y debo decir mal acostumbrados y equivocados, cuando la ciudad está sucia nos quejamos porque la basura nos llega al cuello y entonces lo convertimos en un asunto institucional que el gobierno erróneamente deberá resolver.

Otra muestra reside en la arena de los contenes que se barre hasta los tragantes, y al llegar las intensas lluvias, a correr entonces porque sencillamente esas mismas alcantarillas no cumplen su función, curiosamente por estar tupidas y de ahí las inundaciones.

Pienso que es un problema de todos, uno para resolverlo hoy, o al menos dar el primer paso. Nos debe acompañar el sentido de pertenencia por el lugar donde habitamos, el respeto hacia uno mismo y hacia el prójimo, la ética y en general los valores que harán su fragua en los más jóvenes. El llamado está hecho para combatir los malos hábitos y procederes, y denunciar aquellas “costumbres impropias” que para nada nos distinguen.

Sobre el Autor

Ariel Torres Amador

Ariel Torres Amador

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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  • Invitado - ana

    Tienes muchas razón, ojalá y todas las personas cobren conciencia de cuánto nos hace falta cuidar el orden y evitar las indisciplinas sociales, que tanto nos hacen como seres humanos en lo individual y colectivo.

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  • Invitado - Almir Mestre León

    Una vez estaba sentado en la parada del bus y vi como un auto se detuvo frente a un casa, bajó la ventanilla y lanzó una lata de refresco frente a una casa, fue algo que me pareció irreal, una falta de respeto mayúscula.

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