Actualizado 19 / 09 / 2018

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Impuntualidad y deshora: nocivas tendencias

“Time is money”. Así describía el tiempo por aquel entonces en 1736 Benjamin Franklin, alegando que todo segundo inutilizado o malgastado devenía pérdidas irreparables. No obstante el sentido mercantilista de la frase, alude también a una cultura organizacional y de optimización de un recurso individual y finito para cada uno de nosotros.

No es un secreto que en la actualidad el tiempo se ha convertido en uno de los bienes sociales más cotizados, máxime cuando bien aprovechado puede ser un aliado infalible, porque de lo contrario podría ser también el peor de nuestros enemigos.

Pero sin importar reflexiones o culturas filosóficas al respecto, la sociedad lo atropella y violenta en forma escandalosa.

En la Cuba actual llegar con retraso a una asamblea o comenzarla después de la hora prevista es una práctica rutinaria, social e institucional en la que todos somos actores y espectadores por igual. El irrespeto por el tiempo ajeno parece no interesar, y por ende se utiliza y dispone al antojo de terceros.

Días atrás comentaba con un amigo que ciertamente en nuestro país solo queda un horario verdaderamente respetado: el inicio de los juegos de la serie nacional de pelota. Lo demás casi siempre sufre alteraciones para no ser absoluto.

Y preguntémonos: ¿cuántas veces somos citados para algo y pensamos que nos va a dar tiempo si salimos un poco más tarde por aquello de que seguro no ha empezado? Al sonar el teléfono en el cual un interlocutor pregunta cuánto demoramos en llegar y pícaramente respondemos “estoy ahí en 20 minutos”, cuando en realidad será al menos en 40.

Pero es que la otra cara de la moneda, impuesta por el imaginario popular, también es terrible, ya que al aparecer en tiempo y forma al sitio convocado, muchas veces no existen ni indicios del evento o reunión a desarrollar.

Me gusta evocar al Che, pues un hombre de principios como él siempre tenía reglas para todo y todos.

Ángel Arcos Bergnes, colaborador suyo en los años iniciales de la Revolución, cuenta en un libro que cuando el Guerrillero Heroico fue Ministro de Industrias era estricto con la asistencia, y si un miembro del consejo de dirección llegaba 10 minutos tarde a una reunión, le estaba prohibida la entrada sin importar su jerarquía.

A tal medida también interpuso que si se era citado a una reunión o despacho, aunque fuera con su inmediato superior, después de pasados 15 minutos de la hora prevista si no había venido quien citaba, uno podía retirarse sin ser criticado y mucho menos sancionado.

Así el Comandante partía del principio de que nadie podía decidir sobre el tiempo de los demás por un problema elemental de organización y disciplina del trabajo.

Lamentablemente, nada de lo anterior se cumple hoy. Y de hacerlo, interminable sería la lista de sus violadores, comenzando por oficinistas de trámites que pocas veces llegan en hora, centros que abren más tarde de lo normal, inventarios y almuerzos en horarios laborales, reuniones que comienzan una hora después, para la que citan una hora antes.

Pero si nociva es la impuntualidad, mucho más lo es esta última tendencia: el “síndrome de la confluencia precoz”, enfermedad dañina, contagiosa y muy cotidiana, cuando los organizadores de conferencias, asambleas y reuniones citan una hora antes para garantizar la puntualidad y asistencia. Y me pregunto entonces: ¿con qué derecho?

Para nada vamos a mencionar unidades de servicios que abren tarde y cierran 10 o 15 minutos antes, porque tienen que cuadrar la caja, o trenes y ómnibus que indistintamente se retrasan.

Quizás deberíamos aprender un poco más de otras culturas en este sentido: de los ingleses que toman su té a las cinco en punto de la tarde o de los japoneses que al retrasarse los trenes algunos minutos se ofrecen cartas de disculpas a sus clientes para así justificar las llegadas tardes ante los jefes respectivos.

Recordemos pues, que nuestro tiempo es nuestro y nadie tiene derecho a despilfarrarlo por antojo.

Sobre el Autor

Ariel Torres Amador

Ariel Torres Amador

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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