Actualizado 22 / 10 / 2018

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Lo esencial sigue siendo invisible a los ojos

Los tiempos siempre son motivo de cuestionamientos. Las generaciones terminan comparándose unas con otras buscando aciertos y desaciertos como si hubieran patrones a seguir para todo y por todos.

Hemos aprendido a creer en la homogeneización de la sociedad hasta el punto de obviar la diversidad que nos enriquece. Los jóvenes mantenemos una diana sobre el pecho hacia la cual terminan dirigidas todas las críticas de quienes nos superan en edad, pero en realidad ¿somos los culpables?

Como en la viña del señor, hay de todo. La formación ética y de valores es un proceso en el cual toda la sociedad tiene responsabilidades. No basta con saber leer y escribir para autonombrarnos cultos y educados. Por tanto, si en realidad existiera tal crisis, los principales responsables serian quienes tuvieron el rol de formar.
Hay varias razones que influyen en el comportamiento actual de la sociedad. En múltiples ocasiones los padres sobreprotegen a los hijos a fin de evitar que carezcan de determinado privilegio que les fue negado en su juventud. Por lo general, los casos que he constatado están relacionados con cuestiones materiales.

El legado no se refiere a las fiestas familiares en las cuales convergían múltiples generaciones y familiares con vínculos sanguíneos tan lejanos que se perdían en la presentación; o lo sabroso de una acampada en un río desconocido o lugares intrincados de los cuales desconocemos su existencia.

Reconozco que nunca he visto dónde nació mi madre y de su infancia solo conozco las veces que salía en mula para ir a la escuela o del colchón de paja en el que dormía. Era una generación pobre en lo material, pero millonaria en lo espiritual.

A veces siento un vacío existencial que no se llena con tecnología o trapos, sino que alude a la ausencia de vínculos afectivos o recuerdos de mi infancia lejana cuando también corría por otros campos en las vacaciones y celebraba con mi familia aquellos 26 de julio o 31 de diciembre con puerco asado, yuca y congrí. Teníamos menos pero vivíamos más.

Cuando falleció mi abuela se rompieron esas cadenas que nos mantenían unidos. Las generaciones más recientes olvidaron todo o no les importa. La familia ya no es tan numerosa, cada cual se construye una burbuja para enajenarse y aluden como causas las carencias siempre materiales. Por otro lado, recuerdo a mi abuelo madrugar muy temprano para ir a la vega a trabajar. Llegaba sobre las 11 de la mañana, almorzaba, dormía una siesta y al bajar el sol regresaba a los cultivos. Era su rutina diaria.

Ahora escucho historias de campesinos que viajan al extranjero a buscar pacotilla. El trabajo duro, el del sudor en la frente cuyo salitre sabe dulce, ya no seduce tanto. Pero esa generación tampoco es la mía, sino la que la sucede.

Mi hermana está en 12 grado y eso implica todo un debate en torno a la boleta en la que se plasman las solicitudes de carrera, para continuar los estudios universitarios. Varios padres me han comentado: “Que estudie cualquiera si en definitiva ninguna garantiza nada”. ¿Dónde quedó la vocación?, me pregunto.

Es cierto que el profesional está subvalorado en la escala de ingresos, pero la satisfacción de dedicar tu vida a algo que te apasiona tiene un valor intangible que por desgracia para quienes piensan así no se puede comprar.

Mi generación no nació con comportamientos prediseñados. Todos somos resultado del contexto y el ejemplo de quienes nos doblan la edad. De ahí que corregir conductas y procederes no sea una tarea pendiente de los veinteañeros de forma exclusiva.

Entre todos debemos reconstruir los lazos afectivos que nos unían en el barrio, el hogar, la familia… No olvidemos aquella frase ilustre de El Principito: “...lo esencial es invisible a los ojos”.

Sobre el Autor

Loraine Morales Pino

Loraine Morales Pino

Licenciada en Periodismo, graduada en la Universidad de Pinar del Río, Hermanos Saíz Montes de Oca.

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