Actualizado 22 / 10 / 2018

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Falsa idiosincrasia

Nuestros abuelos no eran cubanos?, es la interrogante que a veces nos hacemos, cuando algunos escudan los malos modales o costumbres tras la falsa idiosincrasia que se quiere otorgar a los nacidos en esta tierra del Caribe.

Pensamos en cómo mayoritariamente eran estos ancestros, en cómo son nuestros padres: medidos al actuar, discretos en sus acciones, cuidadosos y considerados con los demás… y algo muy importante: con unas normas y hábitos de educación formal que no aprendieron precisamente en las escuelas y que los distinguió siempre, tanto a los habitantes de la ciudad como del campo.

A varios “cincuentones” –ahora mismo– va y les viene a la mente cómo sus progenitores salían de sus casas y por el camino saludaban a todos de forma muy correcta. Los hijos iban a su lado y… ¡cuidadito con interferir en alguna conversación entre los adultos!

Quizás los lectores a estas alturas estén pensando que los tiempos cambian y la gente también, pero hace falta que las transformaciones sean para bien, porque es incuestionable que hoy los cubanos tenemos más instrucción –que no es sinónimo de sabiduría– que antaño, por lo que deberíamos exhibir mejor conducta social y reflejar una imagen que sea un compendio entre lo aprendido de nuestros “viejos” y todo lo nuevo.

Este tema que trato no es por gusto, ya que dentro de la función social del periodista se encuentra despejar conceptos erróneos o mal interpretados. Nuestra idiosincrasia no significa desfachatez, comportarse inadecuadamente en determinados lugares y mucho menos, se justifican actitudes bien feas en plena calle u otro sitio.

Se han perdido las buenas costumbres. Ser oriundo de esta Isla no justifica andar sin camisas en la calle –aunque sea en la cuadra en que se vive– ni decir malas palabras delante de mujeres y niños; tampoco hablar gritando, manotear, dejar de saludar, irrespetar a los adultos y carecer por completo de prácticas como el saludo y el pedir permiso antes de entrar a una casa ajena. Eso no es ser cubano. ¿Qué imagen vamos a dar, incluso delante de los foráneos?

En plena guagua repleta, a menudo encuentras a un grupo de personas –no siempre jóvenes– que se olvidan que viajan en un transporte público y gritan, dicen obscenidades, empujan, incluso, ya tarde en la noche los hay que suben hasta con vasos y botellas con bebidas alcohólicas.

Otros se dedican a romper o ensuciar lo que hace poco fue restaurado o construido en la ciudad, a escribir los ómnibus o paredes como los hombres primitivos, con la diferencia de que las pinturas rupestres de la antigüedad tienen un valor mágico y las de ahora solo denotan inmadurez y mala educación.

Para ser un verdadero representante de este “caimán” no solo se necesita nacer en Cuba, sino que es indispensable llevarla en la sangre; vivir y sentir sus calles, ríos, arroyos; y amar hasta el más mínimo de los paisajes, rincones y costumbres.

El originario de este país, lejos de ser grosero, irrespetuoso o inculto, lleva consigo la capacidad para ver el lado bueno de todo y de buscar una salida airosa para las situaciones más difíciles, y hasta es capaz hasta de reírse de sus propias desgracias.

Es cierto que el cubano –en su mayoría– se distingue por ser jaranero, por disfrutar de los chistes y cuentos “picantes”, por tratar de verle el doble sentido a cualquier cosa, por la sensualidad, pero también el carácter jovial y desenfadado se condimenta con la inteligencia, la responsabilidad y la seriedad ante el trabajo, y por el afán constante de mejorar y de superarse en todos los sentidos.

Se caracteriza también por ser amigable, por hacer rápidas relaciones y ser un buen anfitrión, pero más que todo, por dar y repartir de lo que tiene, ya sea mucho o poco.

La alegría, la solidaridad, el altruismo, la valentía y el patriotismo son dones que adornan el carácter de nuestros coterráneos y nunca debemos confundir estas virtudes con indisciplinas, chabacanerías y faltas de educación y mucho menos de preparación para vivir en comunidad y en paz.

Sobre el Autor

Ana María Sabat González

Ana María Sabat González

Licenciada en Español y Literatura, periodista de Guerrillero. Ha sido profesora de la Universidad Hermanos Saíz Montes de Oca. Se dedica al periodismo desde el año 1996 y aborda en sus trabajos diferentes temáticas sociales y políticas.

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