Actualizado 18 / 11 / 2017

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“San Ernesto de la Higuera”

Casi 50 años de que Cuba, Latinoamérica y el mundo perdieran a uno de sus más grandes luchadores, sigo preguntándome qué hubiera pasado si el Ché viviera en los tiempos que corren.

Sin duda alguna sería una lumbrera antimperialista, un creador, un soñador, un trabajador incansable y un defensor tenaz de las causas justas y de los pobres de estas tierras.

Al Ché lo conocí por libros, por historias y por anécdotas que sobre él contaban los mayores a mi alrededor. A medida que yo iba creciendo y estudiándolo, más me intrigaba su enigmática figura, su condición de cubano aun siendo argentino y su boina guerrillera.

Sin embargo, debo reconocer que sus padecimientos de asma me acercaron más a su voluntad como ser humano, pues de niño yo presentaba similar enfermedad, y casi nunca me lograba reponer a los severos ataques que me daban cuando me esforzaba.

Siempre me intrigó, y me intriga todavía cómo el Ché en tan difíciles condiciones sorteaba sus fatigas. Yo aún me pongo nervioso y ceso toda actividad cuando el asma me ataca.

Y es que resulta casi imposible amontonar tantas cualidades en un solo ser. Su personalidad espontánea e indeleble dejaba huellas en cada lugar que pisara.

“San Ernesto”, como también se le conoce en allendes parajes, fue uno de esos hombres de historia casi imposibles de superar. Un mito cuyo ejemplo todavía guía a miles de revolucionarios por todo el mundo.

El Ché era capaz de conciliar cualquier tarea con entusiasmo y pensamiento profundo, y contar en su agenda, con tareas extremadamente difíciles, era parte de su desempeño diario.

Para mí no solo fue el médico que dejó atrás su profesión para abrirse paso a un sueño de justicia. Fue Ministro de industria, presidente del Banco Central de Cuba, impulsor y creador del trabajo voluntario y amigo fiel de Fidel.

Fue y es un hombre de Cuba, de América, de África y del mundo. Fue quien saltó las fronteras de la esencia humana para legarnos su solidaridad, entrega sin límites, desprendimiento, responsabilidad y amor.

Pienso ahora en muchas historias que leí de niño, y que sin duda alguna reflejaban su recia personalidad. El temple de ese hombre inmenso que sabía felicitar con la misma fuerza que ejercía la crítica oportuna.

Entre las lecturas que recuerdo, precisamente en la época de la Sierra Maestra hubo varias ocasiones en que sus compañeros intentaron favorecerlo en la alimentación debido a sus padecimientos asmáticos. Jamás aceptó un privilegio; reprochó cada hecho y siempre comió lo mismo que el resto de la tropa.

A pocos días después del ataque al cuartel del Uvero marchaba un grupo de 30 a 35 hombres bajo su mando al rencuentro de la columna Uno de Fidel, para lo cual tuvieron que desplazarse del este del Turquino, al oeste, bordeando la mayor elevación del país, en dirección al Naranjo.

Allí los campesinos acababan de comer y todavía quedaba en la mesa congrís, malanga y carne de puerco. Mientras el Che hablaba con el campesino, su mujer les sirvió para que comieran en lo que ella preparaba el resto.

Entonces el Che intervino y dejó a todos con el gusto en la boca al dirigirse a la esposa del campesino: “Señora, por favor, coja una lata grande, eche toda la comida y préstenos unas cucharas para repartir entre todos. El hambre es pareja y no vamos a comer nosotros solos”.

Como forjador del trabajo voluntario, a inicios de la Revolución era fácil verlo enrolado en alguna construcción. Y por aquella etapa periodistas y fotógrafos intentaban entrevistarlo.

En una de esas oportunidades Liborio Noval procuró acaparar su atención y el Ché le espetó: “Mire usted, lo mejor que hace ahora es pegarse a trabajar junto a nosotros y después nos tiraremos todas las fotos que quiera”.

El Comandante fue sin dudas un hombre extraordinario, cuya integralidad de pensamiento y acción brinda aún la singular imagen del revolucionario que todos debemos imitar.

Siempre fue crítico ante cualquier deficiencia y era el primero en autocriticarse cuando cometía el más mínimo error.

En otra fecha, durante un recorrido por la ciudad de Santa Clara, alguien le preguntó si en la Cuba revolucionaria se podía meter la pata, y muy serio respondió: “Cualquier ser humano puede equivocarse y los revolucionarios también se equivocan. Tienen que aceptar el error y no pueden repetirlo. Y si no pueden o no saben superar sus fallas, sus debilidades, tienen que dar paso a otros más capaces, mejores. ¡Vamos a trabajar con inteligencia, conciencia, modestia y dedicación! Nosotros debemos acabar con los errores que cometen los hombres y no con los hombres que cometen errores, porque si no un día nos quedaremos sin hombres”.

Pero quizás, la frase más grande y valiente de ese guerrillero del tiempo, la que más retumba en mi cabeza, fue la del momento de su muerte, cuando sin vacilación y de frente al arma enemiga espetó a su asesino: “Apunte bien, que va usted a matar a un hombre”.

Sobre el Autor

Ariel Torres Amador

Ariel Torres Amador

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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