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Todos hemos sido Juanchín

Quién no se ha sentido Juanchín alguna vez en la vida? Sí, ese mismo, el sobrino de Paco, el tío obrero ejemplar sepultado con su carné laboral y después... Bueno, no es necesario contar la película. La trama de La muerte de un burócrata nos conduce entre risas a una reflexión que 51 años después de su estreno, sigue siendo tan actual como el propio burocratismo.

¿Quién no ha sido peloteado burdamente de un lado para otro, y aquello que parecía tan sencillo se lo han hecho difícil por dos firmas, un papel y un cuño?

Los análisis deberían partir de diferenciar la burocracia del burocratismo. El primero se refiere a un aparato administrativo, en el que quedan definidas las jerarquías y responsabilidades para regir y regular determinados asuntos.

El segundo término es más usado en el tono peyorativo porque denota falta de agilidad, seriedad y responsabilidad; expresa pereza, lentitud e ineficacia en los procesos que diariamente debe vivir y gestionar la población.

Para muchos estudiosos el burocratismo viene siendo como la enfermedad de la burocracia.

En fecha tan temprana como el año 1964, Ernesto Guevara de la Serna, el Che, sentenció: “Si fuéramos a buscar las raíces del burocratismo en el momento actual, agregaríamos a causas viejas nuevas motivaciones, encontrando tres razones fundamentales:
“Una de ellas es la falta de motor interno. Con esto queremos decir, la falta de interés del individuo por rendir un servicio al Estado y por superar una situación dada. (...)

“La falta de organización. Al pretender destruir el ´guerrillerismo´ sin tener la suficiente experiencia administrativa, se producen disloques, cuellos de botellas, que frenan innecesariamente el flujo de las informaciones de las bases y de las instrucciones u órdenes emanadas de los aparatos centrales. A veces estas, o aquellas, toman rumbos extraviados, otras, se traducen en indicaciones mal vertidas, disparatadas, que contribuyen más a la distorsión. (...)

“La tercera causa, muy importante, es la falta de conocimientos técnicos suficientemente desarrollados como para poder tomar decisiones justas y en poco tiempo. Después de una, dos, unas cuantas reuniones, el problema sigue vigente hasta que se resuelve por sí solo o hay que tomar una resolución cualquiera, por mala que sea”.

Hasta hoy puede parecer un enunciado de estos tiempos, y no es vigencia, es simplemente que los males y causas que originan al burocratismo están ahí, tan latentes como siempre. Porque los tiempos cambian, la tecnología se moderniza, el pensamiento se desarrolla, los procesos se aceleran, y para cada paso de éxito, alguien ha inventado un freno que perjudica el natural transcurso de las gestiones.

El exceso de trámites, de “autorizos”, de firmas, de revisiones, de cuños, no hace más que obstaculizar la dinámica de trabajo de las instituciones. Eso sin contar las molestias –no pocas– que sufren quienes se aventuran a conquistar propiedades, certificaciones, permisos, “hagos constar” o cualquier otro documento, por solo citar ejemplos de puro papeleo.

Ello no quiere decir eludir los controles, que cada uno trabaje a su antojo o emita la documentación que estime a favor de quien considere, sin una objetiva y justa causa.

Se trata de ser eficaces, serios y responsables. De fortalecer los mecanismos existentes para ofrecer servicios públicos, que no son un favor, sino derechos de cada ciudadano de este país, incluso de aquellos que nos visitan.

A algunas personas les gusta, les satisface o encuentran cierto placer en el hecho de complicar los asuntos. Por eso nos quedamos boquiabiertos cuando llevamos esperando tres meses por un técnico que nos mida la casa, o nos ofuscamos cuando al hacer cola dos mañanas para un trámite determinado, nuestro problema no queda resuelto, porque el señor de la firma tiene una novedad en la familia y tuvo que ausentarse.

Y le dicen en cualquiera de las situaciones: “Pero no se preocupe, venga mañana. Su caso será valorado nuevamente, si es posible, traiga una carta del CDR y otra del centro de trabajo, que eso siempre ayuda”. Así pasan los días, y el tiempo-oro, y casi nadie aprecia que detrás hay un interés particular, una necesidad por solventar un problema.

La situación se agrava al percibir que el burocratismo no solo afecta a la persona natural. Constituye un mal de fondo con sus resultados en la economía nacional, que entorpece contratos, relaciones de trabajo, negocios...

La actualización del modelo económico cubano, esta Cuba soñada para bien, ese futuro dibujado con más luces que sombras, tiene que estar marcado por el buen hacer: por la prontitud en las diligencias, por personas capaces en cada puesto laboral y con competencias profesionales acordes a las responsabilidades y cargos que ocupan, por relaciones de trabajo más horizontales y participativas, por más satisfacción en los clientes. Solo así, junto a otros poquitos, tendremos una sociedad mejor.

Sobre el Autor

Dorelys Canivell Canal

Dorelys Canivell Canal

Licenciada en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba. Corresponsal del diario Juventud Rebelde en Pinar del Río.

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