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Mi idiosincrasia

15 kilos de bulla y ruido, 20 de música y baile, similar cantidad entre jodedera, parranda y chucho cotidiano. Súmale otros 10 de alarde y autosuficiencia, más otros tantos de hospitalidad y lealtad. Por último, y no menos importante, añade par de libras de cuentos, y al final, solo un tin de mal carácter. Esa es la receta.

Esta fue la respuesta que ofrecí humorísticamente a modo de receta culinaria hace pocos días a una amiga francesa, quien me preguntaba sobre cómo era el cubano promedio, pues se acercaba su primera visita a esta isla maravillosa.

A las líneas anteriores agregué: no dudamos en hacer música de las complicaciones y chismes; incluso, el mejor humor se nutre de los "problemas" que tenemos a diario.

Si me lo preguntas te diría que creemos en Dios, en Changó, la ouija, las cábalas y en el horóscopo. Sin embargo, al mismo tiempo no creemos en nada. ¡Qué cosa!, le dije.

No necesitamos leer y muchos menos estudios avanzados para conocer, comentar o compartir cualquier tema, sin importar su rigor profesional o su apartado teórico-filosófico. Desde que somos pequeños nos las sabemos todas. Asimismo, aunque queremos, tampoco necesitamos viajar para hablar de las diferentes culturas y nuestros puntos de vista sobre las mismas.

Dicen que somos simpáticos e inteligentes, muy hospitalarios y sumamente entusiastas. En grupos nos caracteriza la escandalera, pero en la intimidad la pasión hace lo suyo.

Aunque digan lo contrario, no nos gusta la lógica. Hablamos desde lo empírico y la desmesura, y jamás diremos frases como "no estoy de acuerdo", sino "estás equivocado". –Recuerda que nos las sabemos todas–.

Decimos "se la comió", como signo de admiración, "comerse un cable" para aseverar que la cosa está mala, y llamar a cualquier persona "comemierda" resulta algo así como el insulto nacional. Llamamos "monstruos" o "animal" a las mujeres hermosas y "salvajes" a los que están fuera de liga.

Cualquiera de nosotros es capaz de zafar una tuerca, arreglar un ventilador o componer con un discurso los problemas de la economía mundial o la preselección de pelota para el equipo Cuba.

No botamos ni las botas, ni los tenis y mucho menos las tiras de las sandalias. Les ponemos la suela o las volvemos a montar en una nueva horma. Las ropas de bebé se pasan de mano en mano, amistosa y solidariamente por el barrio. El pomo plástico de refresco se rellena de agua y con las revistas viejas forramos las libretas y los libros de texto para que duren más.

Empatamos precinta a la base de los audífonos, y gracias a la parte de atrás del cepillo de dientes el tubo de pasta suelta hasta lo que no tiene. Protegemos los smartphones con nailitos en sus pantallas y con fundas antichoque.

Tocamos y empujamos al interlocutor mientras establecemos diálogo, solo para saber que nos prestan atención o nos escuchan mejor. Cuando el tema y la ocasión lo ameritan, la mano pasa entonces a reposar sobre el hombro ajeno y un "asere mira pa´ cá" se deja escuchar. Ahora, si la conversación viene acompañada de cerveza, puedes asegurar que al terminar seremos buenos y viejos amigos.

No saludamos ni decimos adiós con la mano, nos abrazamos como si no nos hubiéramos visto en siglos o nos soplamos un buen manotazo en el hombro o la espalda. Eso sin importar el sudor, el calor, el catarro o el sarampión.

"Jugamos cabeza" y nos gustan las segundas y terceras oportunidades. Y ¿qué sería de nosotros sin ese vecino que, a pesar de todo, tiende la mano cuando menos lo imaginamos?, ¿qué sería del cubano sin otro amigo cubano siempre dispuesto?

Eso sí, tenemos millones de limitaciones, experimentos para contar, y "un saco" de contiendas y contratiempos vencidos. Pero eso, precisamente, es lo que nos hace lo que somos. Los que nos hace felices al final del día. Lo que nos hace cubanos.

 

Sobre el Autor

Ariel Torres Amador

Ariel Torres Amador

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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