Actualizado 23 / 05 / 2017

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Trabajo sin complacencias


–¿Tú lo conoces? Él es periodista de Guerrillero y cualquier lío que tengas puedes ir a verlo que él te ayuda. ¿De verdad no lo conoces? La realidad es que el interlocutor de aquella buena amiga y colega habanera sí conocía al periodista, y su cara reflejaba todo un poema en buen cubano. Su cara lo decía todo, y todo no era nada bueno.

A tales preguntas el interrogado espetó: –En realidad no lo conocía en persona, pero sí tengo muy malas referencias de él por algunos trabajos que ha hecho, concluyó sin mirar siquiera a los ojos del escriba.

Esto fue real, y formó parte de una conversación un tanto más larga y mucho más aguda, lastimosamente con un director de una entidad provincial, quien al parecer no se sentía a gusto con un trabajo sobre su empresa.

Quizás sea triste y algo increíble, pero conversaciones como estas son parte del día a día de cualquier profesional de las letras impresas. Y créanme, en este campo, a veces la realidad supera con creces cualquier otra historia de ficción.

A pesar de que los periodistas dudosamente contemos con una suerte de "imagen" y ciertos "privilegios", no siempre tenemos las de ganar frente a la cotidianidad. Para nosotros el día a día es complicado, pues en el imaginario popular no sufrimos ni pasamos trabajo. Y a la hora de escribir, pese a la imparcialidad, la objetividad y tantas otras cosas, es la calle quien dice la última palabra.

No nos pagan por peligrosidad, pero por difícil que parezca, este trabajo sí es peligroso.

Los cuentos y anécdotas son infinitos y ejemplos hay muchos. Sin mencionar nombres, recuerdo una ocasión en que a una amiga le arrojaron varias botellas cuando caminaba hacia nuestra redacción: nadie vio a los agresores.

Asimismo, otro colega tuvo que caminar cerca de cuatro kilómetros a monte traviesa hasta la carretera más próxima y luego a su casa, pues le poncharon las dos gomas de su bicicleta mientras investigaba sobre las peleas de gallos en una valla clandestina.

A otro del gremio literalmente le "quemaron" su teléfono fijo durante 15 días. Según contó, las voces disfrazadas lo acusaban de contrarrevolucionario y expresaban amenazas serias, debido a un trabajo crítico que exponía problemas reales en una empresa del territorio.

Y si todo esto fuera poco, pues pregunte y que levante la mano aquel de los nuestros que no haya recibido una demanda por alguno de sus trabajos.

La moraleja de esta historia es sencilla. Este trabajo nos obliga, por ustedes los lectores, a ser mejores y más profesionales cada día. A no pecar de inocentes y a no irnos "con la de trapo". A dejar a un lado las tentaciones de lazos falseados y a separar radicalmente la amistad del deber.

Más allá de posibles regalos comprometedores, nuestro deber es reflejar la realidad, e impregnar en papel las verdades o mentiras que surquemos en el andar cotidiano. Siempre sin complacencias ni compromisos de ningún tipo.

Hacemos lo que mejor se nos da: escribir. Y para ello tratamos siempre de hacerlo libres de amarras, evitando borrones por aquello de "cuidarnos las espaldas" y fieles hasta lograr la transparencia que nos demanda la profesión.

Finalmente, al término de aquella conversación inicial, el escriba cerró el tema con una simple frase: "Me va a tener que disculpar esta ironía de la vida, pero realmente los periodistas no escribimos por complacencias".

Sobre el Autor

Ariel Torres Amador

Ariel Torres Amador

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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  • Invitado - jose eduardo

    Estas cosas malas le suceden a la gente de alma limpia como la tuya, le sucede a aquellos en los que ha prendido la semilla de Martí, Fidel, el Ché: la semilla de los justos. Es bochornoso para una nación que ya casi cumple 60 años de Revolución, de justicia social y donde se supone que todos los que formemos parte de ella hemos sido educados bajos los principios revolucionarios y humanísticos de los grandes, incluyendo los que hoy son funcionarios de las instituciones que representan al pueblo, y que se siga permitiendo que el bandalismo si porque esas anécdotas que cuentas no son más que actos bandálicos, sigan adueñándose de todos los sectores de la vida nacional sin que el Estado ente principal de preservar los derechos y la tranquilidad del pueblo ofrezca una respuenta contundente y permanente a todo lo que atente contra los intereses de la mayoría de los cubanos, los cubanos dignos los que quieren vivir con el legado de Fidel, con su ejemplo, con los de sus predecesores y con la justicia social por la cual se derramó tanta sangre.

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