Actualizado 26 / 04 / 2017

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Mi merienda de antaño

Recordando y bromeando en estos días con algunos buenos amigos, varios temas asaltaron la conversación: actualizaciones de vida, situaciones laborales, riesgos domésticos, parejas y economía y los niños.

De los infantes salió precisamente el tema de la primaria y sus multifacéticas aristas. Los primeros amores, las tareas, los recesos, los juegos de turno y la merienda.

La sugerencia no se hizo esperar, pues uno de mis amigos entre risas me propuso escribir sobre tan complejo y humorístico asunto: la merienda de aquellos días. Siempre –acotó– dándole un "tin" de crónica, humor y remembranza.

Siguiendo el consejo y su idea, debo decir que para algunos aquel momento de receso, de tan solo 15 minutos, era la mejor parte del día. Para otros, era volver a sortear de nuevo campos minados de "amiguitos hambrientos", "insaciables" o sin merienda, para atrincherarse al estilo de la segunda guerra mundial y rápidamente disfrutar solo ellos de sus comestibles.

Aclaro que corrían los años entre el '89 y el '95 y aun así había diversidad en las meriendas –no tanto como ahora– aunque siempre se podían observar mejores y peores en aquellos tiempos de crisis. Por supuesto, todos teníamos jabitas que se colgaban a la entrada del aula, y que muchas veces contenían en su interior un único pan y un pomito casi siempre con agua.

Mi favorito entonces era el "especial de aceite y sal", algunos lo preferían con ajo. Otros traían su pan con trozos de barra de dulce de guayaba o membrillo. El plátano, la azúcar prieta, el café y el aguacate también tenían sus seguidores.

No recuerdo a nadie de mis amigos de antaño con algo de jamón/nada. El elitismo residía en quien lo llevaba tostado a modo de "Ocni" (Objeto Comible no Identificado) con salchichas o perros calientes provenientes de alguna base de campismo, o a quien le llegaba caliente en esos horarios de las manos de sus abuelos. Eran tiempos humildes.

Los líquidos, por su parte, presentaban mayor versatilidad. Desde limonadas, refrescos instantáneos y jugos hechos a base de mermeladas de La Conchita, o hasta milordos y compotas para sellar ambos extremos del espectro.

No existía aún el Toki, el Piñata u otros refrescos de paquetico, y ni pensar en llegarle a alguno de lata, ahora tan supuestamente asequibles al bolsillo y tan de moda para refrescar.

Como decía, los objetos a sortear a esa hora eran varios. Las carreras a "campo travieso" comenzaban desde el momento en que se agarraba la jaba para el receso.

Pero sin importar cuán rápido se corriera, siempre alguien sorprendía con la seña característica de los dedos pulgar e índice para denotar algo pequeño: o sea, "dame un pedacito".

También estaban los más hábiles que enseguida te gritaban el famoso "cachito y mitad", y si no contestabas rápidamente con un "cerra´o" tenías dos opciones. La primera era darle lo mismo que se gritaba en la frase anterior, y la segunda, que te "espantaran" un "caguazo" (tronco de pescozón por la tabla del pescuezo). Claro, al menos se podía escoger entre compartir o no.

Siempre fui de los que llevaban merienda y no les gustaba compartir, excepto si me aplicaban la ley del caguazo. Más tarde preferí unirme a la secta de los "picadores" pues ni mi estómago ni mi pescuezo daban más.

Hoy día la merienda para los infantes se ha convertido en un artificio de padres y abuelos, donde no faltan los panes con jamón, las latas de refresco y otras tantas cosas que los niños a veces ni siquiera comen, siempre bajo el concepto de "no compartas que esto cuesta caro".

Pocos recuerdan ya aquellos tiempos donde con tan solo un pan con aceite y agua se compartía a regañadientes, pero aun así, éramos felices.

Sobre el Autor

Ariel Torres Amador

Ariel Torres Amador

Licenciado en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba

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