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En el parque

Remodelación del Parque Independencia en Pinar del Río / Foto: ACN

Remodelación del Parque Independencia en Pinar del Río / Foto: ACN

Un hombre. Tal vez de unos cuarenta años. De aspecto recio. A ambos lados de las mejillas dos grietas verticales, pelo grisáceo, la frente deshabitada como quien no tiene nada que ocultar y la espalda sobre el descanso del banco mientras mece los pies. A veces cruza una pierna. Eso es todo.

El hombre, a ratos, cambia la vista para asegurarse que todo continúa en el mismo sitio. Sus pensamientos parecen bastante predecibles y comienzan a merodear recuerdos que, sin darse cuenta, son, quizás, idénticos a los del día anterior:

“Me levanto. Tomo el portafolio. Camino. Una cuadra, dos, tres. Llego a la parada. Me empujan. Casi las ocho de la mañana. Yo también empujo. No puedo subir. Me lamento. Espero la próxima. Saludo a algún conocido de todos los días. Ocho y cuarto. La próxima guagua. Frena unos metros antes de la parada. Calculo el posible estacionamiento. Me suben por la puerta de atrás. Llego al trabajo”.

Rodeado de gente, del bullicio de los carros que pasan a sus espaldas, de la algarabía de los niños de las escuelas cercanas, el hombre se siente solo. Y utiliza el lugar como un modo de introspección citadina, como los corredores de largo aliento cuando recorren cientos de kilómetros entre el dolor y el cansancio de llegar primero.

“Saludo. Tomo café. Firmo uno papeles. Reviso el correo. Atiendo el teléfono. Almuerzo. Vuelvo para la oficina. Más papeles, firmas, correos, llamadas. Cinco de la tarde. Cierro el departamento. Camino una, dos, tres cuadras”.

Entonces, allí, casi en un rincón, enciende el último cigarro de la caja. Y expulsa todo el aire contenido como quien exhala la desilusión de su cuerpo. Tenía la boca seca por las picadillas del tabaco y el polvo pesado del ambiente.

Lejos, en la otra esquina del lugar, otros remueven el piso de la plaza para la reparación capital. La inversión en el área asciende a 35 mil cuc. Esta vez tiene motivos para recordarlo. El parque es uno de los lugares más antiguos de la ciudad: primero fue Plaza de Armas y Plaza del Recreo en 1839.

Y aunque la apariencia actual la recuerda desde siempre, durante todo el siglo XIX, la vida de la cuidad parecía encerrada entre los edificios más importantes de la colonia: la iglesia, la casa del sacerdote, la de Gobierno, el Ayuntamiento, otras dependencias oficiales y de donde partían la Calle Real del Pueblo (Martí), la de la Cárcel (Maceo) y el camino Real de las Vegas del Cangre (Alameda).

Sonrió, pero no se tomó la molestia de cambiar la vista de la cúpula descolorida de la glorieta y los faroles que contornean el lugar. El actual diseño data de 1917 y un crédito de un millón de pesos. El Parque de la Independencia se construyó con piso y bancos de cemento, la glorieta en el centro y al final una palma rodeada por una reja de hierro en conmemoración a la entrada de las tropas separatistas en Pinar del Río, una petición desde 1889.

En este instante, él no experimenta una sensación distinta a la de otras personas varios siglos atrás y resulta fácil observarlo en el espacio que constituyó el lugar de paseo durante generaciones, donde ofrecían conciertos, retretas y el Comité Todo por Pinar del Río celebraba la feria de San Rosendo.

Aquella tarde, el hombre, había renunciado a todas sus ocupaciones y decidió excomulgar todos sus pensamientos hasta el punto de sentirse huérfano de ideas.

Existe una verdadera camaradería entre ambos. A veces se nos olvida que el parque no siempre estuvo allí - durante la presidencia de Carlos Prío se erigió en su lugar un parqueo y solo después del triunfo de la Revolución vuelven a edificarlo con características similares a la república neocolonial-, o que el hombre pertenece a sus cimientos.

Oscurece más tarde por estos días y entre la subjetividad de sus reflexiones aguardó, inerte, en la esquina de un banco. O mejor, cada tanto, los dos se entremezclan entre el silencio de las cosas ocultas.

Esta vez no parecía importarle la hora de retornar a su casa. Sin embargo, como cada jornada, sintió la necesidad de levantarse. Tiró la colilla de cigarro. Miró a su alrededor y con naturalidad bajó las escaleras para incorporarse a la calle contigua. No importa - quizás pensó- mañana estará ahí.

Sobre el Autor

Elizabet Colombet Frías

Elizabet Colombet Frías

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río, Hermanos Saíz Montes de Oca.

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