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La primera y más riesgosa misión de papá

Víctor Lázaro Guerra Díaz, enfermero del hospital pediátrico Pepe Portilla. / Foto: Alejandro Rosales

"Me hablaron de una misión para Sudáfrica y puse el grito en el cielo. Ni siquiera sabía exactamente de lo que se trataba hasta que nos dijeron: ´el asunto es para África Occidental, para el ébola, ¿El ébola? ¿Y eso qué cosa es?´, me pregunté y cuando nos explicaron todo el mundo se puso serio". Así recuerda Víctor Lázaro Guerra Díaz, enfermero del hospital pediátrico Pepe Portilla, el momento en el que quedó claro a lo que se enfrentarían en Sierra Leona.

Este muchacho partió con apenas 25 años a cumplir posiblemente la misión más riesgosa de su vida, la primera además, como para elevarle la parada a las que vengan después.

"Yo pensé que no me iban a escoger, porque el destacamento estaba compuesto por médicos y enfermeros de mucha experiencia, miembros en su mayoría de la brigada Henry Reeve con misiones importantes con anterioridad.

"Pero yo ahí firme, algunos después que nos preparamos y estaba la selección hecha se negaron, pero no hubo presión de ningún tipo, quedó claro que era voluntaria, incluso hubo personas que de allí mismo salieron para Venezuela".

¿Y no te dio miedo?

"Sí, sí como no, en todo momento y quizás eso fue lo que me mantuvo alerta y sin bajar la guardia; pero yo sabía que no me pasaría nada. Tuvimos profesores muy buenos de la OMS, que nos hablaron de la letalidad de la enfermedad y ahí nos dimos cuenta que si bajábamos la guardia nos mataba. Lo principal era cuidarme, cuidarme y cuidarme. Además yo soy joven pero tengo tres niños y tenía que regresar para criarlos".

¿Qué dijo la familia cuando diste la noticia?

"¡Imagínate tú! Mi mamá me imploró que no fuera, me dijo: ´No. Tú para allá no vas; y mi esposa ni se diga, nadie quería que fuera, pero después de los entrenamientos sabíamos que si cumplíamos con todo el protocolo establecido, estaríamos a salvo.

"Hubo gente que me dijo tú estás loco, tú tienes tres muchachos y eres joven, puedes ir a otra misión después. Yo pensaba que a mí no me iban a escoger por la edad y porque carecía de misión anterior, pero me mantuve ahí en esa incógnita 15 días. Nos preparamos en el IPK, hicimos un intensivo de inglés y nos familiarizamos con los trajes.

"En el aeropuerto estaba el General, nos estrechó la mano y eso también nos motivó".

¿Cómo fueron las cosas cuando llegaste?

"Es un país con una cultura muy diferente, ellos nunca habían visto tantos médicos juntos, cuando íbamos en caravana la gente salía a las calles y nos gritaba Viva Cuba.

"Allí tuvimos otra preparación antes de llegar a los hospitales. Las condiciones no eran buenas, nos hospedábamos en un hotel donde si se iba la corriente no te podías bañar con agua caliente.

"Hacíamos en la mañana el pase de visita en la sala, y la zona roja era la parte de los pacientes enfermos; para pasar a ella tenías que ponerte el traje y eso se demoraba, nos decían que el máximo de tiempo con él puesto era una hora, pero en lo que pasabas visita, si se te complicaba el paciente, un niño, en lo que canalizabas vena, y hacías varios procederes ya te pasabas una hora y media o dos, después era que te lo quitabas. A veces al rato llegaba una emergencia y tenías que volver a entrar. Nos incorporábamos cuántas veces fuera necesario, pero siempre protegiéndonos.

"Queríamos hacer mucho más, pero no podíamos por nuestra propia seguridad. A mí me gustaba irme del turno de trabajo seguro de que lo que había hecho valía la pena, y llegar al otro día y saber que el paciente se había ido de alta o que al menos estaba vivo.

"Fíjate si era complicado el Ébola que el virus puede estar hasta tres meses en el semen del hombre, así que ya tu sabes. Si uno logra pasar hasta el día número 12 con síntomas y se comprueba que es esta enfermedad, ya era muy difícil que murieras; pero la gente se escondía, al principio decían que no existía, y el índice de infestación era de más del 90 por ciento. Logramos dejarlo por debajo del 20, y por semana en el país aparecían apenas unos cuatro casos".

Cuéntame Víctor de las anécdotas que traes, las más impresionantes.

"Nosotros estábamos en el único hospital pediátrico del país, aunque se ingresaban a los menores con los adultos y a veces teníamos cuatro camas que eran de familias completas nada más.

"Mi primera vida salvada fue una niña de cinco años. Llegó muy mal, tuvimos que canalizarle la vena, los médicos de ese país no estaban y mis compañeros eran muy buenos, no necesitábamos a más nadie. A esa niña yo la atendí, llegó deshidratada, casi muerta, la hidratamos, la transfundimos, y a la hora de irme la jefa alemana que atendía la sala me dijo: ´Quédate y vamos a tratar de salvarla´. Al otro día la señora llamó por teléfono para que me felicitaran, cuando llegué ya la vi sentadita, y con un gesto su madre me decía: ´Señor gracias´. A esa muchachita siempre la llevo en mi corazón porque fue la primera vida que salvé.

"Y el otro caso que me marcó fue un bebé de siete días de nacido al cual había también que canalizarle la vena. Yo nunca le había canalizado la vena a un niño tan pequeño. Aquí los de esa edad son atendidos en Neonatología, y uno rota por allí cuando es estudiante pero no hace esas cosas; además era delgadito, desnutrido, y tuve que hacerlo. Lo hidraté y él y su madre, los dos se salvaron".

¿Pero el hecho de estar en un lugar dónde aún no se sabía si los pacientes estaban enfermos no hacía más peligrosa la estancia?

"Así mismo, la estadía de los pacientes era hasta que llegaran los resultados, si tenían ébola entonces eran trasladados, y ahí estaba el problema que uno no sabía con qué venían, si era dengue o ébola, y después cuando llegaban los resultados si no habías hecho el procedimiento bien, ahí estaba el problema.

"Recuerdo a un niño que se llamaba Ibrahim. De verlo ya sabíamos que tenía ébola. Llegó el momento que de observarlos uno se daba cuenta de lo que tenían, y extremábamos las medidas de seguridad. Este niño era huérfano porque su padres murieron de esta misma enfermedad y estuvo ingresado y aislado cinco días en la sala, no había para donde trasladarlo. Las enfermeras de allá no son como las de aquí. El personal médico de Cuba es único".

¿Cómo llegó la noticia de Villafranca?

"Reinaldo...-dice pensativo y se toma un tiempo- éramos de la misma brigada aunque ya para esa fecha lo habían llevado a otro hospital a trabajar y es ahí donde se enferma. Todo fue muy rápido, empezó con síntomas un día y al siguiente se complicó, y no se pudo hacer más nada. Allí estaba el helicóptero y el barco para trasladarlo pero no dio tiempo.

"Cuando nos dieron la noticia yo estaba en el hotel, era casi el mediodía... imagínate pinareño, nosotros los de aquí para todo estábamos juntos y dijimos que por él no se podía perder ni una vida más. En el hotel hicimos un acto en homenaje a Caqui, como le decíamos, y después al entierro pudieron ir algunos".

¿Pudiste tener una buena comunicación con tu familia?

"Al principio no teníamos de dónde escribir ni llamar, después me pusieron un teléfono y un correo aquí en la casa y así más o menos mantuvimos la comunicación. El primer mes fue casi incomunicado porque no teníamos dinero, más adelante las cosas fueron mejorando, compré el celular y también la gente del hospital me ayudó mucho y venían a revisar la computadora de la casa si tenía algún problema.

"Nosotros fuimos sin salario porque éramos voluntarios, vivíamos con un dinero que nos daba la OMS como un estipendio, con el cual teníamos que pagar el hotel, la comida, el combustible...

"Salimos para allá el primero de octubre y al regreso estuvimos en la cuarentena, con un tratamiento para malaria, paludismo, para contrarrestar cualquier encubamiento de virus, y ya estoy contento de estar aquí".

Víctor sigue hablando por más de media hora y cuenta historias que dan ganas de llorar y otras de reír, salvar vidas siempre trae felicidad. Alrededor de la conversación sus niños de tres y cinco años juegan y pelean por un juguete que les trajo papá, a cada rato interrumpen buscando un beso o el regaño para el otro. El más pequeño ni siquiera sabe de la ausencia de su padre. A los 10 meses no imagina que este, ahora de 26, sea ya un héroe. Con los años verá las fotos y escuchará las historias, las anécdotas de la primera y más riesgosa misión de papá.

Sobre el Autor

Dorelys Canivell Canal

Dorelys Canivell Canal

Licenciada en Periodismo en la Universidad de La Habana, Cuba. Corresponsal del diario Juventud Rebelde en Pinar del Río.

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