Actualizado 28 / 06 / 2017

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Ursulina

Ursulina y su perro

Ursulina Cruz Díaz arrastró el pie enfermo hasta el periódico Guerrillero y esperó, al pie de las escaleras, por un periodista que quisiera escuchar su historia. Me regaló una sonrisa de superabuela en cuanto bajé a conocerla y prometió obsequiarme un libro de su autoría si la visitaba en su hogar de la calle Máximo Gómez.

Vi plantas y jaulas con tomeguines en su portal y una perrita inquieta con lycra y blusa rosadas. En el pasillo interior: bultos a medio desempacar, cuadros y objetos antiguos.

En una pared de la sala colocó un apartado de correos con el rótulo 411, perteneciente a un tío difunto y la llave de la casona que habitó de niña. La vivienda fue demolida para la edificación ulterior de ETECSA.

“Las golondrinas hacían nido en el techo”, relata. “Había espacios inmensos para patinar. Las tías Lorenza, Evelia y Clara, otrora alumnas de Romañach en San Alejandro, sembraron en mí el amor por las artes plásticas y por la música. Con solo tres años le decía a Lorenza: ´Titita ponme la Broadcasting System´ y me sentaba en mi pequeño sillón de mimbre a escuchar conciertos clásicos.

“Mi padre, Dominguito Cruz, farmacéutico en la botica de Vueltabajo me seguía en todas mis locuras. Quise ser pianista y consiguió el instrumento y me apuntó con la profesora Venturita Labiada. Luego me interesó el tiro al blanco y me compró un rifle 22. Me gustó aprender a remar y encargó una cachucha para mí: 'No tengas miedo, Wichi, que tu bote no se hunde´, me decía.

“Teníamos una casa de descanso en Puerto Esperanza y un barco de vela y motor de 22 pies, el “Dos Mares”. Dimos tres vueltas al Cabo de San Antonio en él. Aquello me parecía la odisea del mundo.

-¿De dónde viene esa música que flota en el aire, papi?
-A ver, piensa. Si quieres paro el motor para que escuches bien, Wichi.
-¡Es música mexicana, viejo!

“Me emocionaba la navegación. Llegué a dominar el timón, a calcular los nudos a izquierda y a derecha. Un día nadé de madrugada hasta el barco anclado en Puerto Esperanza, me metí por la escotilla y empecé a pintar el nado de los peces aguja. Logré unos cuantos bocetos”.

“Soy una gente ‘curiosuca’, muchacha, así me formé, así me arrancó el doctor Cuervo Rubio del vientre de mamá con sus manos de simio. Una vez hasta cacé un puerco salvaje, ¿cómo se llaman los cochinos esos de monte?”, pregunta.

¿Un jabalí?, dudo yo.

“Avanzaba por un herbazal a la altura de la cintura de una persona. Asomó el hocico y ahí mismo disparé. Luego agarré una pinza y le arranqué el colmillo. Mira mi trofeo”.

La anciana saca el colmillo amarillento del multimueble y me deja tocarlo.

MAESTRA DE KINDERGARTEN

Ursulina se tituló maestra de kindergarten en 1958 e inauguró su aula en una barriada pobre de los Palacios.

“Tenía que estar todos los días a las cinco de la mañana frente a La Quincallera para agarrar un camión hasta el entronque de Los Palacios. Allí paraba una carreta, un carro de muertos o lo primero que me acercara a la escuelita.

“Retornaba a la casa al oscurecer, apenas me alcanzaba el tiempo para merendar un pan con jamón en el Tomeguín y correr a lecciones nocturnas en la Escuela Provincial de Artes Plásticas emplazada donde hoy está la Fábrica de Tabacos.

“Tiburcio Lorenzo fue mi maestro. Era pequeño, dulce y muy suave. Traía modelos a clase y teníamos que pintarlos desnudos. Se tapaban el sexo con un triangulito de yersey atado con dos cordeles. Todo lo demás quedaba expuesto.

“Todo cuanto aprendí de arte, me ayudó luego en la práctica del magisterio. El preescolar me conquistó definitivamente. Los niños se enfrentan a un maestro por primera vez y adquieren los hábitos, las capacidades que les serán útiles el resto de la vida. Yo les tocaba el piano para que durmieran, para que marcharan, para que cantaran; les daba nociones de dibujo. El instructor que emulara conmigo en los festivales estaba embarcado”.

La maestra se mudó al barrio habanero de La Víbora y allí siguió enseñando hasta su retiro en 1996; pero hacendosa como era, terminó aburriéndose de la vida de jubilada y aceptó la propuesta de trabajo de su amigo Eusebio Leal.

“Me tocó inventariar miles de obras de arte en el Palacio de los Capitanes Generales, donde tenía su oficina Eusebio. Le dediqué un cuadro gris llamado Patio, pavo y usted. Me llamó un día: ‘Porque no escribe un libro de referencia con todas las fichas del inventario, Ursulina’. “Pensé en lo que me dijo. Seguí investigando, hurgué en colecciones privadas, en los museos de Bellas Artes, en las enciclopedias francesas, en cuanto volumen de arte se me puso enfrente y fui hilando mi Diccionario biográfico de las artes plásticas.

“He sido una persona infatigable. Tengo 78 años y aquí me ves decorando mi casita nueva, encargándome de los asuntos del cementerio. Tengo lista la bóveda para el día en que no esté más”, se ríe.

“A veces salgo detrás del plomero con mi muleta, me fijo en el trabajo de los otros, aprendo. Hay que aprender hasta a morir”.

Ursulina le pide al fotógrafo una foto con su perra Negrita, el único familiar que le queda. Dice que va a comprar 10 ejemplares de Guerrillero cuando salga su entrevista.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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  • Invitado - nicolas perez delgado

    Muy lindo articulo, Suaana. La foto también.
    nicolas

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