Actualizado 18 / 12 / 2017

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El minero

Al viejo Pablo lo conocí en Matahambre, la vieja mina en el norte de Pinar del Río. Vive entre andamios, condensadores, piedras y un aplastante silencio, apaciguado apenas por un arroyuelo que corre en las cercanías. Su casa es mitad mampostería, mitad madera y justo en una de sus esquinas nació un almendro, quizás solo por el gusto de romper con su verde, el rojo mustio del lugar, o como una demostración de fuerza de la naturaleza, donde el recuerdo de lo sobrehumano parece imponerse.

Al saludarme, extiende su mano sin dedos, en la que queda el pulgar, solo, como el almendro. Se la estrecho, sin tapujos. A Pablo ya no le importa casi no tener mano, se acostumbró, como mismo hizo con su tobillo hinchado, que ya no le deja subir el camino pedregoso que lleva allá, a lo alto, donde están las maquinas, que miran a un pueblo antiguo y amenazan con caer, arañando todo a su paso, para asentarse en terrenos más bajos, quién sabe cuántos años más.

Su casa la reconocí al instante. La había visto antes en un corto documental del realizador pinareño Alejandro Alonso y desde entonces la amalgama de tablas y cemento, junto al lugar que la rodea, se me antojaron una pequeña realización profesional a corto plazo, algo así como un sueño atravesado en algún lugar de mi mente. "Allí haré fotos algún día", me dije, sin saber que una dirección equivocada me colocaría a una cámara de distancia de Matahambre, la obsoleta, la ruinosa.

-Ale, ah, sí, como no. Claro que lo recuerdo. Las ganas que tengo de verlo. Si se lo encuentra, dígale que el viejo Pablo le manda un abrazo. Por ahí guardado tengo el disco con su película.

Pablo fue minero. Es minero, y por fuerza de la vida morirá minero. No pido ver su casco-que sé que guarda, junto a viejas fotografías y papeles. De hecho, ni siquiera me siento a conversar. Quedé en la puerta, petrificado, contemplando aquellos ojos que ya pierden el gusto de ver, y hay que guiarlos cuidadosamente para que no extravíen lo que buscan. El viejo se sienta en una mecedora, tan añosa como él, que rechina a cada mecida.

Al despedirse, me alcanza otra vez su mano sin dedos, como un desierto en el que solo se levanta el almendro de su pulgar. Corro a estrechársela y siento a través de la mía el cansancio, la vejez adelantada que la mina le dejó como recuerdo. Siento su delgadez, su sordera algo avanzada, el verde de sus ojos vidriosos que me atrapan, aunque creo que casi no me ven. Siento su mano, que cada vez lo es menos. No le pregunto cómo la perdió. A él no le importa y a mí tampoco.

Al final de mi otro brazo cuelga mi cámara. Lista, como siempre, sudada y llena del polvo rojo-amarillo de la Matahambre. No sé por qué, pero no la levanto, no la disparo contra aquel viejo sentado en la mecedora. No retrato los ojos, ni el cabo de tabaco dejado a un lado, ni los zapatos sin poner, tirados en una esquina.

A Pablo, cuyo apellido desconozco, lo respeto. Allí lo dejé, entre las sombras de su casa, en el silencio de la mina, que ha adoptado como suyo. Desde ahora, el viejo será el color de las piedras, la herrumbre que corre loma abajo, el recuerdo de una época si no mejor, al menos diferente. De Pablo no tengo foto alguna, creo que ya nunca la tendré. Me quedo con la pequeña voz que escuché, ya dentro del carro:

-Tenga buen viaje.

Sobre el Autor

Alejandro Rosales Borrego

Alejandro Rosales Borrego

Fotorreportero del Periódico Guerrillero. Licenciado en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río, Hermanos Saíz Montes de Oca.

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  • Invitado - Liban

    buen trabajo....

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  • Invitado - Looking

    Muy bien escrito!

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