Actualizado 21 / 10 / 2017

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Bonita la pesca del bonito

Pesca de bonito

Parados sobre el balcón en fila apretada, de uno en uno van extrayendo los ejemplares del mar, lo cual exige rigurosa sincronización de movimientos / Foto: Pedro Paredes

Pasamos la segunda noche fondeados a pocos metros de la embarcación Cayo Largo 29, ellos zarparon a las cinco de la mañana rumbo a las costas de la Isla de la Juventud, en busca de carnada. Habíamos concertado un punto y hora de encuentro para después del mediodía.

También nos levantamos temprano, asistimos al posicionamiento del sol y el desperezarse del mar, ayudado por las gaviotas y el fuerte ronquido de los motores de los barcos de pesca, los cuales rompen el silencio antes de que la luz diurna cobre vigor. Unos van otros vienen, todos exploran sus posibilidades de captura.

LOS PREPARATIVOS
Navegamos por las aguas de la plataforma hasta donde estaba el Cayo Largo 66, solo había dos hombres a bordo, el resto se trasladó en botes hasta la orilla de una de las numerosas lengüetas de tierra que emergen en esta zona.

Aprovechando la poca profundidad y la cercanía del manglar se aprovisionaban de carnada, recogiéndola en chinchorros y vaciándola en cestos que llevan hasta el barco para depositarla en tanques que permiten la circulación del agua y así mantenerla viva, imprescindible para que cumpla el cometido de atraer a la mancha de bonito.

Una vez pertrechados de señuelos, subieron el bote, los cestos y otros implementos de pesca, cambiaron sus ropas húmedas por secas, y salieron en busca de mar abierto. En el camino almorzarían, porque esos eran solo los preparativos para lo que estaba por venir.

Les vimos partir y fuimos al encuentro de la tripulación del “29”, los encontramos en el límite de la plataforma, allí un mar en calma implica un bamboleo constante y exige habilidades de equilibrista para mantenerse en pie; en el momento del trasbordo nuevamente se apoderó de mí el temor.

El fotógrafo sugirió que me quedara, pero esta vez los hechos sucederían a varias millas de distancia y no podría presenciarlos, además, varios de los pescadores se acercaron hasta el balcón solo para ayudar al cambio de embarcación y me tendieron sus manos junto a la promesa de que no pasaría nada, no lo pensé más y en cuestión de segundos ya estaba a bordo de un “bonitero” que buscaba velozmente las aguas del Golfo.

El hombre que tira la carnada no para un instante; de su constancia depende que la mancha siga la embarcación / Foto: Pedro ParedesEl hombre que tira la carnada no para un instante; de su constancia depende que la mancha siga la embarcación / Foto: Pedro Paredes

AHÍ VIENE
Solo la ubicación de la zona de pesca añade rigor a esta; aquí no hay jaulas, ni marcas o boyas que te guíen, sobre el techo uno o dos hombres se auxilian de binoculares para localizar la presencia de gaviotas (comparten hábitos alimentarios con los bonitos), con gestos traza el rumbo, y el timón voltea a sus órdenes bajo los giros que con los pies le impone otro pescador erguido en la parte posterior para no perder un ademán del vigía en medio del ensordecedor ruido que generan las olas, el viento y el motor.

Las miradas están puestas en escudriñar el horizonte para encontrar la mancha, desde un lateral van tirando carnada para atraerlos, primero llegan los tiburones que sostienen una relación de mutualidad con los bonitos, a ellos también es preciso alimentarlos para que avancen y sea más fácil el trabajo de los pescadores.

A esa compañía se debe la broma, de si alguno cae al agua, ni se moja, porque entre los compañeros y la velocidad del trastabillado el regreso a bordo ocurre en fracciones de segundos, conocen los riesgos; sin embargo, consideran a los escualos sus aliados, y hasta los reconocen y nombran, algunos suelen ser el augurio del éxito de la jornada.

Cuando confirman que localizaron a sus presas se escucha un grito: “Ahí viene” y los hombres que ya se habían puesto capas y cinturones equipados con un soporte para sostener la vara se colocan en fila sobre el balcón dejando que sus anzuelos se sumerjan y confundan a los túnidos que los muerden, al instante en que pican los sacan; con habilidad los apoyan sobre el pecho, aprisionándolos con el brazo los liberan y dejan caer sobre la cubierta.

Parados sobre el balcón en fila apretada, de uno en uno van extrayendo los ejemplares del mar, lo cual exige rigurosa sincronización de movimientos / Foto: Pedro ParedesParados sobre el balcón en fila apretada, de uno en uno van extrayendo los ejemplares del mar, lo cual exige rigurosa sincronización de movimientos / Foto: Pedro Paredes

Poco a poco van acumulándose, con un coleteo incesante que desparrama gotas de sangre por doquier. El barco no deja de moverse, a veces parece inevitable que entre el vaivén pierda su flotación, o al menos, eso cree la periodista que teme estorbar y camina sujeta de las vigas superiores que sostiene el techo pues no confía en la firmeza de sus pasos.

Hay momentos de pausa, la picada cesa y mientras unos tratan de reencontrar la mancha, otros empiezan la evisceración y limpieza, después todo comienza en un ciclo repetitivo.

El sol se apresura sobre el horizonte y ya es noche cerrada cuando acomodan las varas para darles reposo.

SIN PAUSA
Termina la pesca, pero no la faena, hay que acabar de eviscerar manualmente casi una tonelada de peces, lavarlos para impedir que restos de suciedad los deterioren, luego nevarlos, sumergidos en hielo hasta el viaje a tierra y la entrega en la industria.

El cocinero comienza a elaborar la comida, el resto procesa la captura, limpia el barco, cambia sus ropas, nadie está quieto, todos trabajan, y lo más curioso, no se escucha una sola orden, cada quien realiza su tarea, sin morosidad ni remilgos.

La evisceración de la captura es esencial para asegurar que lleguen en buen estado a la industria, y los desechos los emplean para alimentar a los tiburones / Foto: Pedro ParedesLa evisceración de la captura es esencial para asegurar que lleguen en buen estado a la industria, y los desechos los emplean para alimentar a los tiburones / Foto: Pedro Paredes

LAS HISTORIAS
Ovidio Tumbeiro Maqueira tiene 54 años de edad, 15 de ellos dedicados a la pesca. Se formó como técnico en Electrónica, y el motor de la embarcación que dirige es su mayor orgullo, que emula con el de la higiene de la misma a la cual le elimina hasta la última mancha con paños y esponjas.

Confiesa que es una pesca bonita, pero poco atrayente por los riesgos y la exigencia física, lamenta que no sean priorizados con la entrega de recursos, incluso, los anzuelos y varas que emplean los gestionan ellos mismos, tampoco está de acuerdo con el sistema de pago, a su juicio poco estimulante.

A pesar de todo, ellos tienen en el barco un aprendiz, un joven de 29 años que abandonó la carrera de medicina en tercer año para dedicarse a esta profesión. Su padre, que también forma parte de la tripulación, no apoya la decisión, pero la respeta y William Herrera Báez no necesita muchos argumentos para explicarlo: “esto me gusta más”.

Quizás pueda parecer inentendible para algunos, pero esas son las peculiaridades que nos distinguen. Es cierto el peligro, el esfuerzo diario, las incomodidades de la vida del pescador, pero también es bella esta tarea en medio del mar y encierra un sinfín de atractivos.

REGRESO
Viajamos de noche, la luna empecinada retrasó su salida, el barco ya está limpio y buscamos retornar a la nave madre Alecrín. El patrón que nos acompañó en nuestra pesquería precisa por radio la ubicación, nos juntamos por las bordas para el traspaso y aunque parezca cosa de locos, se siente como llegar a casa.

Todavía es preciso navegar más de una hora para arribar a un centro de acopio y pernoctar allí, fue una jornada intensa en la que las emociones superaron con creces al cansancio y entrada la madrugada seguimos en vela. Hay mucha información por ordenar, el descanso lo hará posible junto a la serenidad de otro día de navegación.

Sobre el Autor

Yolanda Molina Pérez

Yolanda Molina Pérez

Licenciada en Periodismo de la Universidad de Oriente.

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