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El niño rebelde de Cacarajícara

Félix Mirabal Llanes / Foto: Vania López

Félix Mirabal Llanes / Foto: Vania López

Era un día caluroso de 1958 y el niño Félix Mirabal bajó al pueblo temprano a hacer una diligencia de los guerrilleros, ocultos desde hacía unos meses en las lomas de Cacarajícara (Bahía Honda). Llevaba rato caminando y la garganta le ardía de sed, así que llegó hasta el río de Rancho Lucas y se llenó la barriga con agua.

“Yo tenía un perro prieto que respondía al nombre de Buenos Aires o Pildure”, relata Félix. “Solía ir delante de mí, a cierta distancia, y cuando veía gente, viraba ´engrifao´; pero esta vez se puso a bañarse y lo dejé atrás. Atravesé un pequeño puente de madera y bastó poner los pies en el terraplén para que siete guardias me salieran al paso: -No te muevas. ¿Qué tú haces? ¿Qué tú haces? -Yo... este... ando buscando una puerca que se me perdió. - ¿Una puerca? Tú has de ser de los Mau Mau, chiquillo. - ¿Y quiénes son esos?, disimulé, pero los tipos no me creyeron y registraron dentro de mis ropas. “Pildure se apareció de pronto y me defendió a su forma, enseñando los colmillos. -Compadre no le tires a mi perro, rogué a un negro que le estaba apuntando. “Me llevaron hasta una arboleda de mameyes, donde me entrevistaron el teniente Dupeirón y luego el teniente Otero. “Había olor a carne frita en el aire y mi boca era un charco de saliva cada vez que Otero me pedía que le alcanzara una masa amarilla de aquellas. Un par de horas más tarde dejó que me fuera: -Te suelto si prometes no caer más en las manos de nosotros, me advirtió, y ordenó a un muchacho pecoso que me escoltara hasta la última posta. Ya cerca del río nos detuvo un prieto con una pila de verrugas largas en la cara. Nunca había visto una gente así. El pecoso tuvo que batirse duro con él para que me dejara ir. -Camina sin mirar para atrás, me ordenaron y pensé que era el fin, que me iban a disparar por la espalda. Cuando ya me había alejado unos metros vi un Oruro y una curvita del camino y eché a correr como el hurón cuando salta la guardarraya. ***
Félix Mirabal Llanes a la edad de 13 años / Foto: Vania LópezFélix Mirabal Llanes a la edad de 13 años / Foto: Vania López
Félix tenía apenas 13 años cuando se unió a la columna del Ejército Rebelde dirigida por José Arjibay Rivero en la Sierra de los Órganos. Le decían el Gatico por la facilidad con que se escurría dentro y fuera del campamento llevando mensajes secretos o surtiendo a los hombres de hamacas, zapatos, comida y latas de keroseno. “Me metí a revolucionario por cuenta de un tío mío, Gabriel Llanes, que estaba mezcola´o con los combatientes clandestinos. Tenía un rancho de hacer carbón allá por Arroyo Blanco, donde lo visitaban sus amigos habaneros. Ellos le decían Carlos y yo les porfiaba ingenuo: ´Qué se llama Gabriel'. “Tío me enseñó muchas cosas y el resto lo aprendí en el monte, conviviendo con los guerrilleros. Dormíamos al aire libre. Un mismo nailon podía cubrir dos hamacas, dispuestas una sobre la otra. Si el compañero de arriba era perezoso, orinaba desde esta posición y embarcaba al de abajo ¡Ahí mismo se formaba la desagradable!, y todo en el más absoluto silencio porque no se podía hablar alto. “A mí me consideraban bastante. Si se abría una lata de salchichas todos cogían un pedazo y me dejaban una entera. Encontré amigos buenos allí. “Un día Miguel se apareció con un par de anteojos. Yo decía para mis adentros: ‘¡Caballero, quisiera tanto ver con ese aparato!’. Cuando uno es muchacho le llama la atención todo. Salimos juntos a buscar una gallina porque el hambre apretaba y Miguel me dijo:
-Fíjate Félix en el bulto blanco aquel. De aquí veo que es una vaca cuando coge la yerba de guinea. -No jodas, Miguel. Dame acá esos anteojos que estoy loco por mirar. Pero cuando me puse aquello lo que vi fue el resplandor de los cascos de tres guardias que estaban señalando para nosotros. “Miguel cogió a izquierda y yo a derecha. Corrimos como dos vena´os y ya en la punta de la loma la orina me corría por los pantaloncitos del susto que me llevé. “Cuando triunfó la Revolución y salimos del monte, le dije al comandante Escalona: -Mire, mi casa queda por allá. Tenía en mente volver a ella en cuanto acabara la guerra. - ¿Y eso qué, muchacho? Ahora es cuando esto empieza, respondió el jefe. “Nos instalaron en el cuartel 19 en la ciudad de Pinar del Río. Allí me dieron una cama. Yo no sabía dormir tan cómodo y colgué mi hamaca con olor a monte en el cuarto. “Recuerdo que Pica Pica, un compañero, me ayudó a romper el candado del closet. Dentro hallamos un bicho de buey, una soga llena de sangre y un pomo de aceituna lleno de uñas con carne y todo. “Un prisionero contó que en aquel lugar asesinaron a una mujer embarazada. Le arrancaron el niño del vientre y reventaron el cuerpo pequeño contra una pared. La mancha de sangre estaba fresca aún. A la muerta la enterraron a orillas del río Guamá. Estuve presente cuando la sacaron. Olía horrible”. Félix relata este pasaje de pie, gesticulando con las manos para hacerse entender mejor. Luego se deja caer sobre el balancín del portal. Su casa radica en el municipio Los Palacios. Hay sombra de árboles en este sitio, plantas de flores sembradas en vasijas viejas y zunzunes volando de un lado a otro. “Yo no podría vivir sin mi campo”, confiesa y añade que tiene yuca sembrada en un terreno próximo. “De muchacho nunca me gustó estudiar, ¿sabes? Me dieron un fusil M1 y con eso ya fui feliz. El 17 de enero de 1959 nos dijeron que Fidel venía y salimos a custodiar las calles. La gente se acercaba curiosa a los rebeldes: ‘Oye, dame un pedacito de pelo, un trozo de barba, una balita...´. Yo tenía la melena larga y dispersa: parecía una semilla de mango: ‘A ver niño, déjame darte un beso’, me pedían las mujeres. Ya casi oscureciendo Escalona se aparece y me regaña: ‘Lávese esa cara que pareces un payaso de circo, compay’. Hasta la camisa que tenía puesta se embarró de creyón. “Fidel llegó sobre las nueve y empezó a hablar con el pueblo. Había una máquina parqueada frente a la tribuna y yo tenía una cansera tal, que me recosté al cristal y me quedé dormido. “En una de esas Fidel dice: ‘Fíjense como fue la cosa allá en la Sierra Maestra que hasta los niños se alzaron’ a lo que alguien del público respondió: ‘Mire Comandante, aquí en Pinar del Rio también se alzó un niño’. El hombre me sacudió por los hombros y me levantó en el aire para que Fidel me saludara. Pasé el susto más grande de mi vida. Fíjate que esa noche ya no dormí”.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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