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Desde los 17 años Vladimir dedica su vida a la pesca. / Foto: Januar Valdés Barrios

Desde los 17 años Vladimir dedica su vida a la pesca. / Foto: Januar Valdés Barrios

Gente de mar, acostumbrada al olor a marisco, al aire salado y a los árboles ásperos. Fuertes o delgados, oscuros o castaños, con la piel endurecida o con las mejillas rojo sangre; viven en La Coloma, donde gran cantidad de sus más de 8 000 habitantes existen por el mar.

Vladimir Contrera Rodríguez siguió la tradición, causada tal vez por Poseidón o Yemayá o por el simple proceso de la evolución de las especies cuando decidieron plantar un mar en la puerta de su casa. De respuestas simples, “me gusta pescar” y otras concretas “esta es tu casa, no tienes otra alternativa que acomodarla como lleva”, dice sobre el barco quien con 36 años de experiencia es hoy tripulante del bonitero 01 de la Empresa Pesquera Industrial La Coloma. A veces durante 10 días se ausentan de casa, él y sus colegas, esos que durante su conversación ubicó en cada puesto del navío, con términos simples para que los foráneos entendiéramos. ADENTRO “Este colectivo lleva bastante tiempo unido, llegamos a casi 20 años juntos. Solo tenemos un joven, aquel de allí que está pasando el curso de patrón. “En ese balcón que ve detrás, van los nueve hombres pescando, con el patrón al timón. Cuando se termina ese trabajo, se pasa para adelante en la cabina, con más comodidad. Eso es después del baño para no estar mojado uno a la hora de dirigir el barco”. Se acerca al borde y entra, extendiendo su mano para que el resto le siguiéramos. Nos invita a pasar. “Aquí cocinamos –mientras señala al fogón que hace esquina–. Llevamos bastante comida y agua, para que nos dure los 10 días que vamos a estar en el Golfo. En este camarote tenemos todo lo que necesitamos, además de televisión y DVD para entretenernos”. La cabina se asemeja a las de esas rastras que se abordan en la autopista por 40 o 50 pesos, solo que en el mar el movimiento es distinto y nadie le hace autostop. “Aquí se ven la velocidad, que puede ser de siete a nueve nudos; la batería; el aceite... se controla todo. Incluso, si se detecta algún problemita en el motor te llega un aviso. El sistema de navegación que tenemos nos permite ir directo al lugar en el que queremos pescar y mantener la comunicación con puerto y otros barcos”. ¿CÓMO OTRO? ¿CÓMO ES? “¿Difícil? Esto es un trabajo como otro cualquiera, es ir, coger la carnada y salir a pescar al Golfo. Con el efecto de esas palabras, el transcurso de lo que pasa mientras navegan parece fácil; porque Vladimir ya tiene incorporada la constancia, el esfuerzo físico que requiere levantar los bonitos desde el balcón, y eviscerar luego de terminar la faena, la severidad del aire de mar, la añoranza... “¿La familia? Se extraña pero nos adaptamos porque es tanto tiempo el que llevo haciendo esto, y mi esposa y yo cumplimos ´treintipico´ de años juntos. Pinar del Río contribuye con más del 80 por ciento del bonito que se consume en el país, priorizado para los sectores que más ingresos generan. Más allá de lo que supone el escaso alcance de la población, Vladimir es parte de esa flota que permite la estabilidad de la especie. ¿La captura? Los meses buenos son junio y julio, que son los de corrida. En el año se pescan unas 100 toneladas, hemos llegado hasta 180. Cargan el hielo y las provisiones, antes de partir: ¿De los santos en la cabina, cuál es el del mar? en sí, lo que tú le pongas aquí –señala al cerebro– a esta hora tú le ruegas a todo el mundo.

Sobre el Autor

Anelys Alberto Peña

Anelys Alberto Peña

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca

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