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Del hombre libre que comenzara

Carlos Manuel de Céspedes

Este año se cumple el aniversario 150 del inicio de las luchas por la independencia de Cuba. Por ello, Guerrillero propone una serie de trabajos dirigidos a ensalzar las glorias y hombres que participaron en las gestas pioneras del proceso revolucionario nacional, abriendo con el Padre de la Patria.

“Soñé en reformas de hombres y costumbres, la calma, como a ti, me sofocaba, pavores el silencio me infundía” (Contestación de Carlos Manuel de Céspedes)

Empezó la guerra. Hombres rebelándose sin los efectos de las películas, sin la música que recrea la ilusión de los montajes cinematográficos. La guerra en una noche calurosa y húmeda de un octubre oriental cubano. El ingenio La Demajagua está de pie. Después de hoy nunca volverá a ser el mismo. Un valor distinto lo atesorará para toda la vida y la naturaleza se encargará de tomar una rueca dentada en sus raíces para recordar este día de 1868. Pero a la hora que se oye el grito de Viva Cuba Libre aún continuaba fértil como cuando fue comprado por Carlos Manuel de Céspedes dos años atrás. “La Demajagua” está situada a unos 10 kilómetros de Manzanillo, en un terreno elevado entre los ríos Guá y Buey, desde el batey su dueño divisa el golfo de Guacanayabo. Tal vez en un punto de su tierra, Céspedes admiró horas antes el paisaje natural para poner en orden sus ideas de hombre libre. ¿Qué claridad rodea a las personas como él? ¿Cuál es el mensaje divino que reciben mientras duermen la noche antes del día de hacer historia? ¿Cómo pueden desprenderse de pertenencias y comodidades y ponerse a merced de una causa? RACCONTO El Padre de la Patria nació el 18 de abril de 1819 en la villa de Bayamo, en una casa situada en el callejón Burruchaga, más tarde llamado Mercaderes. Crecer en una de las haciendas de sus padres le dio fortaleza física. Al regresar a Bayamo y recibir una educación rígida y católica le proporcionó disciplina. Estudiar Latinidad y Filosofía en el Colegio de Santo Domingo creó en él hábitos de estudio, así como influyeron los dos años que cursó Gramática Latina en el convento de San Francisco. En 1838 alcanzó el grado de Bachiller en Derecho Civil en La Habana y comenzó a ejercer, no sin antes continuar estudios en la Universidad de Barcelona, en España. Antes de partir, Céspedes contrajo nupcias con su prima María del Carmen Céspedes, de quien poco se sabe, al menos no por Carlitos, el primogénito. En el libro Facetas de nuestra historia, de Hortensia Pichardo, se recogen unas líneas de poemas de Carlos Manuel, uno de ellos es Contestación de 1852: “(...)Pero una amiga hallé, hallé una esposa... Hallé el oasis... Ella, no te asombres,
ella mi frente refresco ardorosa,
ella enseñóme a perdonar los hombres.
No pretendas destruir estorbos, Carlos;
aprende con dulzura a separarlos. Apaga ese volcán que en ti fulgura,
que consume, abrazándola, tu alma;
concibe tus proyectos y madura
en el silencio, soledad y calma;
no aspires a reformas siempre odiosas,
crea para otros hombres otras cosas”. De los amores del iniciador de la Guerra de los Diez Años se sabe que fueron dos sus esposas, pues Carmen muere en 1868 y luego de eso tiene una relación amorosa extramatrimonial con Candelaria Acosta (Cambula). Esta última fue la encargada de coser la bandera que se alzó el La Demajagua. En 1869 se casó con Ana de Quesada y Loynaz, con quien vivió en un bohío, a pesar de que ambos estaban acostumbrados a la vida lujosa. Luego ella estuvo obligada a salir de Cuba. El último amorío del bayamés que se conoce fue con una joven llamada Panchita Rodríguez. Por las acciones que narran los biógrafos, Céspedes tomó de sus años prolíferos los saberes e ideologías con los que lidiaba. Hay anécdotas de un duelo con un oficial español por ofender a Cuba y los cubanos. Estuvo por Francia, Inglaterra, Alemania y Turquía. Leyó, tradujo, escribió, incitó al conocimiento de las artes. “Pensé que a mi país era debido. El incendio voraz de mi vigilia”. EN LA PATRIA En Bayamo fundó su bufete y aunque con algunas dificultades ejerció su profesión. Es el tiempo donde empezaron los aires emancipadores, a la par de la definición de quiénes estaban de acuerdo o no con la abolición de la esclavitud y el anexionismo a los Estados Unidos, eran evidentes las concepciones del prócer. Como todos los grandes, Céspedes pasó su vida sin tener conciencia total de que ese día de octubre inició todo un proceso revolucionario que no terminaría en el siglo XIX, y que iba a forjar una tradición de lucha y ansias por la libertad. Tuvo la luz para entender la necesidad de independizarse de España. “Si aún nos parece fuerte y grande, es porque hace más de tres siglos que lo contemplamos de rodillas. ¡Levantémonos!” En el Manifiesto del 10 de Octubre se evidencia: “(...) Nosotros consagramos estos dos venerables principios: nosotros creemos que todos los hombres son iguales, amamos la tolerancia, el orden y la justicia en todas las materias; respetamos las vidas y propiedades de todos los ciudadanos pacíficos, aunque sean los mismos españoles, residentes en este territorio, admiramos el sufragio universal que asegura la soberanía del pueblo; deseamos la emancipación gradual y bajo indemnización, de la esclavitud; el libre cambio con las naciones amigas (...) Cuba no puede pertenecer más a una potencia que, como Caín, mata a sus hermanos, y, como Saturno, devora a sus hijos. Cuba aspira a ser una nación grande y civilizada, para tender un brazo amigo y un corazón fraternal a todos los demás pueblos (...)”. Con ese ideal comenzó todo. En un artículo del 2014 por el aniversario 140 de la caída del primer presidente de la República de Cuba en Armas, Eusebio Leal describe de esta forma lo que pasó tras el Grito de Yara: “La noticia corrió por todo el Oriente cubano. Pocas horas después, alguien toca a la puerta de los hermanos Maceo en San Luis, y Mariana juramenta a sus hijos: Antonio, José y Miguel, entre ellos. Otros patriotas irrumpen silenciosamente en el poblado de El Dátil para avisarle a Máximo Gómez Báez, el soldado dominicano que había llegado a Cuba hacía poco tiempo antes, trayendo consigo a su familia y a compañeros de armas. Al invocar estos nombres, también encumbrados en el panteón de la Patria, esbozamos apenas un anticipo de las páginas gloriosas que siguieron al Grito de Yara, como se reconoce lo acontecido a raíz del levantamiento del 10 de octubre, pues en aquel poblado se produjo el primer combate entre las tropas españolas y los recién estrenados mambises al mando de Céspedes”.

Sobre el Autor

Anelys Alberto Peña

Anelys Alberto Peña

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca

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