Actualizado 21 / 07 / 2018

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La historia que aún no me contaba Lázaro Florentino

Lázaro Florentino Gómez González. / Foto: Januar Valdés Barrios

Lázaro Florentino Gómez González. / Foto: Januar Valdés Barrios

Los padres de Lázaro Florentino Gómez González le costearon, con mucho sacrificio, estudios en el colegio privado Juan Bosco y en la academia José Martí de San Cristóbal. No querían que el muchacho se les volviera un paria del destino.

 

A los 10 años, los dedos del niño pulsaban 130 palabras por minuto sobre la máquina de escribir marca Underwood. También dominaba el sistema taquigráfico y sabía algo de inglés.

En las noches, con tal de ayudar en las finanzas del hogar, limpiaba con su madre y hermanos las instalaciones de su escuela. El padre, entre tanto, hacía trabajos de carpintería. Años más tarde lo designarían tesorero de la municipalidad.    

“Recuerdo cuando llegó al pueblo el circo Morales. A papá le dieron un palco gratis para la familia”, cuenta Lázaro. “El circo era todo un acontecimiento y uno se ponía su mejor camisa para asistir a la función. Algo gracioso pasó aquella vez, durante uno de los actos, donde el protagonista era un caballo llamado Pepe. ‘Vamos Pepe, dé usted una vuelta a la pista y salude a la familia del tesorero, especialmente a la más vieja de las mujeres’, ordenó el maestro de ceremonias.

“El animal hizo lo que se le ordenó y se paró justo delante de la tía Teresa, que saltó del puesto y gritó indignada: ‘Se equivocó el caballo, señores’. Qué gracia nos dio aquello”. Lázaro ríe ahora y los ojos pequeños casi se le pierden en la cara, igualitos que los de su abuelo materno, que vino de China y se enamoró de una negra cubana. Español era en cambio el abuelo paterno, casado con una linda dominicana.
“Tengo sangre internacional”, se enorgullece.

Cuando acabó sus estudios elementales, el muchacho matriculó en la Escuela Técnico Industrial de Rancho Boyeros y luego pasó al Instituto de Artes y Oficios de La Habana en la especialidad de construcciones.
“La carrera costaba demasiado y la situación en casa era crítica, por lo que tuve que dejarlo todo y volver a mi pueblo”, explica.

A su regreso se vinculó con combatientes clandestinos que se oponían a la dictadura batistiana.
“Fui parte de una célula de acción y sabotaje del Movimiento 26 de Julio dirigida por Pedro Espinosa Páez. Quemé cañas, puse banderas, vendí bonos, recluté personas e hice prácticas de comando. Siempre nos traíamos algo entre manos.

“En enero del ‘59, Delfín Ruenes, Piloto Mora y yo, fuimos hasta el cuartel de San Cristóbal a pedir la rendición y nos entregaron el sitio sin resistencia. Tres días enteros cuidé de aquello, preguntándome a mí mismo: ‘¿qué hago aquí?, No quiero ser un guardia, mi sueño es estudiar’. Entonces regresé a la casa, pero mis compañeros salieron a buscarme: ‘Oye, Lázaro, te necesitamos en la carpeta de la jefatura de policía’, dijeron. ‘No estoy interesado, caballero’, repliqué, pero mis viejos insistieron: ‘Vete Lazarito, a lo mejor ese trabajo es tu felicidad’ y acepté porque a ellos les hacía ilusión”.

DESVELO

Poco después le asignaron trabajar para la Seguridad del Estado en el Departamento Jurídico de Máximo Gómez 30, en la capital pinareña.

“La noche de mi llegada cené en el restaurante Maceda –hoy bar– restaurante La Pelota–. Tenía en mente ir a ver un filme después que acabara mi comida, pero un colega me alertó: ‘La verdadera película empieza en unos minutos en la oficina’; ¡Y qué película! Lo cierto es que me senté a la máquina de escribir a las 10 de la noche y no paré de trabajar hasta bien entrada la mañana.

“Ganaba 72 pesos mensuales y 30 de ellos los gastaba en alimentos. El resto los entregaba a mis padres, así que poco quedaba para mí. Muchas veces tuve que conformarme con la comida de los presos.
“Dormir se hacía bastante complicado. Había que esperar que los compañeros de guardia desocuparan las camas para uno tirarse unas horas.

“Yo respondía directamente a Amado Valdés González, quien llegó a ser jefe nacional de la lucha contra bandidos. Operábamos lo mismo en Pinar que en La Habana, Matanzas, Las Villas o Camagüey.
“Integraban nuestro equipo Santurio, Musa, Albertico Terremoto y el Zurdo Pérez, entre otras personas entrañables.

“Te podría contar un montón de anécdotas de aquel tiempo. Machete, por ejemplo, era uno de los alzados. Cogimos presa a su novia, una guajirita de la finca Versalles, en Artemisa, y me tocó a mí interrogarla. ¡Pero qué va!, ¡imposible sacarle palabra!  ‘¡Tú estás muy enamorada, muchacha!’, le dije. ‘¡No sabe cuánto!’, contestó ella.

“A los padres de la chica sí logramos persuadirlos. Nos escondimos en su finca a esperar la visita de Machete y sus hombres. Alrededor de 15 días permanecimos allí sin dormir prácticamente. Asegurábamos las puertas con sacos de arena por la noche y cuando salíamos a hacer nuestras necesidades nos disfrazábamos con una bata de la vieja para no despertar sospechas en el vecindario.

“Machete nunca se personó en aquella casa. Lo vinimos a atrapar por Corralito, Consolación del Sur, donde tomó por rehenes a los hijos de un campesino al que obligó a colaborar con la banda. Con el pretexto de salir a buscar comida, aquel guajiro nos contactó e informó de su paradero”.

Seis años de su vida pasó Lázaro cazando vándalos. Luego lo convocó el capitán San Luis a la creación del Partido Comunista de Cuba dentro del Ministerio del Interior y en 1976 lo enviaron a Angola como asesor de lucha contra bandidos y jefe de la Sección Política.   

ANGOLA

“Los cubanos no teníamos fácil entrar a ese país. Era preciso desinformar. Viajamos primero a Sudán y de allí a la URSS. Una semana entera pasamos encerrados en una habitación en las afueras de Moscú. Luego nos trasladaron al Congo y, por último, volamos a Angola en una avioneta cargada de municiones. Nos aglomeramos unos contra otros en un pequeño cuarto detrás de la cabina del piloto. El calor era asfixiante.  

“Lo que más me impresionó de aquella tierra fue su gente hambrienta hurgando entre los desperdicios por un poco de comida.

“También conocí a hombres muy ricosa, como Alfredo, un negociante colaborador de Agostinho Neto. Se me acercó un día en la provincia de Lunda: ‘Usted es cubano, ¿verdad?’. ‘Sí, claro’, le contesté. ‘Sé que próximamente hará un viaje a la capital y me gustaría que le llevara este paquete a mi mujer’.  Agarré su portafolio y cuando miré dentro vi que había cerca de 400 000 dólares. ‘¿Usted me va a confiar todo ese dinero?’, me sorprendí. ‘Yo me fío de los cubanos’, alegó él.

“No tuve paz conmigo mismo hasta que entregué el mandado a la mujer. Tiempo después, hablando con Alfredo me contó cómo se hizo de su fortuna. Lo más fácil del mundo. Resulta que un día iba manejando por la carretera y le entró sed. Cuando estuvo cerca del río más próximo, descendió del auto y ya se disponía a beber el agua con sus manos cuando percibió un destello dorado en el fondo: ¡Era oro!”.

Lázaro participó en diversas acciones operativas en Angola y ayudó en la fundación de una escuela de la Seguridad. A su regreso a Cuba le orientaron estudiar Táctica Militar en la academia Máximo Gómez.
“Fueron tres años de mucho estudio y rigor. Yo añorando pasar tiempo con mis negritos.

“¿Sabes?, ahora tengo un nieto pequeño que se llama Emmanuel. Es avispado y bueno conmigo a pesar de que no vivimos juntos. Así le comenté la última vez que nos vimos: ‘Emmanuel, chico, me dijeron que eras una gente de muchas ideas y vengo a plantearte un problema. Resulta que tengo una novia muy arisca. El otro día la besé en la mejilla y me rechazó. ¿Qué debo hacer?’. El niño se quedó pensando un rato y me aconsejó muy serio: ‘Tienes que dejarla’. ‘Y por qué no me haces una cartica para regalársela’, insistí. ‘¡Para qué, abue, si no te quiere!’”.

TRABAJO

Mi entrevistado no precisa espejuelos para leer las letras pequeñas del periódico ni los informes de la dirección municipal de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana (ACRC), donde labora actualmente.

Poco tiempo atrás, atendía el área de trabajo patriótico militar internacionalista en la dirección provincial de la ACRC; pero sufrió una oclusión intestinal que lo llevó directo al salón quirúrgico. Guardó reposo un par de meses y cuando se incorporó, un hombre más joven ocupaba su plaza.

Sintió ganas de llorar entonces y, disimulando lo mejor que pudo esa tristeza, mostró al colega sustituto su rutina de 25 años en ese centro.

Lázaro Florentino es la fuente más importante que consulto cada vez que investigo sobre un tema histórico. Tantas vivencias me ha narrado de otros luchadores que hasta hoy olvidé preguntar por las suyas propias.

Mi amigo escribe libros que hablan de estas cosas, son tecleados a máquina, con total destreza. Sus piernas le llevan despacio a escuelas y museos donde comparte sus saberes. Tiene ganas de trabajar y trabaja.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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