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Jannette

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Pinar del Río será sede el próximo 17 de mayo de la XI Jornada Nacional de Lucha Contra la Homofobia y la Transfobia. A propósito, Guerrillero comparte este testimonio enfocado en el respeto a la diversidad

La primera vez que me vestí de mujer fue... extraña. Mi perfil masculino no encajaba bien con la peluca, la saya corta y los tacones en los que salí tambaleándome calle abajo. No sabía maquillarme en aquel tiempo ni me aplicaba esos tratamientos hormonales que te hacen ver más femenina.

Moría de miedo de que me reconocieran por ahí; mas, de cierta forma, me sentía a gusto con aquel atuendo.

Que me gritaran ofensas, se volvió normal. Poco a poco dejó de molestarme, en un final no era yo la que gastaba energía en burlarse de los otros.

Soy nacida y criada en el reparto Ceferino Fernández, más conocido como El Capó. En el registro civil aparezco como Maikel García Reyes; pero me gusta que me llamen Jannette, que fue el nombre que elegí para asumir mi identidad de mujer transexual.

Si me dices Maikel, tampoco me pongo brava. Hay una actriz cubana que se llama Maikel Amelia, así que yo perfectamente podría ser Maikel Jannette.

Empecé a fijarme en los hombres como a los 11 o 12 años. Mamá –fallecida ya– y mi hermana mayor, se preocupaban al respecto; sin embargo, jamás me maltrataron por mis preferencias. La comunicación siempre fluyó. Éramos las tres junticas para todos lados. Mi padre, en cambio, sufre todavía por mi causa, aunque reconoce que soy su hijo y me respeta.

A los 16, me diagnosticaron VIH, por lo que pasé una parte de mi adolescencia en el sanatorio de La Conchita. En la convivencia con otros enfermos descubrí el mundo de la transexualidad y me fascinó. Comencé a travestirme en las noches, a escondidas de la familia porque no quería darles dolores de cabeza. Luego ya no me hallaba dentro de mis ropas de varón.

Viví varios procesos de enfermedad con mi madre en los hospitales y me quedaba admirada viendo actuar a las enfermeras. Mucho amor se necesita para curar el cuerpo de la gente.

A mi centro de trabajo asistía como enfermero varón, y en las noches volvía a ser mujer. Mantuve mi doble personalidad puesto que el reglamento laboral no admitía ni admite aún, que los profesionales se travistan.

En un encuentro con especialistas del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex), les hablé de mi situación y ellos interfirieron para que se me permitiera trabajar en el policlínico Raúl Sánchez con cofia, vestido y blusa, acorde con mi identidad. Fue algo grande para mí.

Actualmente coordino la red de personas trans, parejas y familias, del centro provincial de prevención de VIH/sida. Mi meta es lograr inclusión social de esta comunidad.

La discriminación hacia las mujeres transexuales se evidencia de mil maneras, no solo es el fulano que te insulta cuando pasas frente a él, también hay maltrato en el ámbito familiar, en los centros de estudio y hasta en los sitios de encuentro que establecemos en parques y plazas públicas para encontrar pareja o conversar; como mismo los heterosexuales se juntan para discutir de pelota y fútbol.

¿Qué cuál es mi sueño? Me has puesto a pensar... Creo que ser alguien grande en la vida. Respeto a todo el mundo y quien no me quiera aceptar se lo pierde. Soy feliz con la gente que me ama y apoya: con mi hermana, que acompañó el proceso de mi transformación y mi enfermedad; con mi sobrino: el hijo que nunca tendré; con los amigos que he cultivado.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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