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Mi otro yo

Miguel Ángel. / Foto: Vania López

Miguel Ángel. / Foto: Vania López

Romper con los estereotipos impuestos por la sociedad es difícil hasta para las personas de carácter más fuerte, pues todos queremos ser aceptados, bien vistos moralmente, “encajar”. Ello provoca que en muchas ocasiones, dejemos a un lado nuestros verdaderos sueños para evitar el “qué dirán” o ser señalados con el dedo.

Afortunadamente también hay muchos valientes, enfocados en su felicidad sin importar los prejuicios. Miguel Ángel, un muchacho de 29 años que camina cada día por las calles de nuestra ciudad es uno de ellos, y esta es su historia.

“Desde niño siempre me sentí atraído por todo lo relacionado con el estilo, me gustaba la pintura, sobre todo dibujar la figura femenina. Hacía trajes muy bonitos para las muñecas.

“A los 17 años, comencé a asistir a unas fiestas muy privadas. En ellas tenía la posibilidad de ser yo mismo, no solo como persona, sino como artista. Al cierre de la noche se hacían unos espectáculos de transformistas. En cuanto disfruté del primero me enamoré y sentí que eso era lo que deseaba ser un día: transformista.

“Ese mismo año se lanzó una convocatoria con el objetivo de incorporar a nuevas figuras y me presenté. En un inicio me dijeron que no por mi edad, pero finalmente logré pasar el casting y casi sin percibirlo llegó la noche del estreno. Mi desenvolvimiento se ganó los aplausos del público y así quedé como artista oficial del show”.

Miguel Ángel. / Foto: Cortesía del entrevistadoSamandra. / Foto: Cortesía del entrevistado

Con el inicio de su carrera nació también su personaje, el cual desempeña hasta hoy. “Siempre me gustó el nombre Samantha, igual al de un transformista de La Habana por el cual sentía admiración. Quería que el mío fuera original, así comencé a hacer combinaciones para ver cuál sonaba mejor hasta que vino a mí Samandra.

“Por dos años ella se mantuvo trabajando en el espectáculo. Se vestía, maquillaba y preparaba para la actuación dentro de las cuatro paredes de la casa, escondida. Fuera de ahí dejaba de existir y yo me convertía en Miguel Ángel. Incluso solo los vinculados directamente con la puesta en escena sabían quién era el hombre detrás del personaje.

“Temía que mi familia lo supiera, sobre todo mi padre, militar de profesión, quien, sabía, nunca me aceptaría. En aquellos años ser transformista era algo detestado por la sociedad y hasta llegó a ser prohibido”.

Miguel Ángel. / Foto: Cortesía del entrevistadoSamandra. / Foto: Cortesía del entrevistado

Más de cinco años transcurrieron sin que la familia de Miguel Ángel conociera de su pasión por el transformismo, actividad que defendió con uñas y dientes. “En ello no vi delito alguno, no agredía a nadie ni le hacía daño a la sociedad: era yo simplemente interpretando un personaje, como cualquier otro artista, y eso me hacía sentir bien e importante ante el público -muy limitado en un principio-”.

Su familia, arraigada en patrones patriarcales no lo aceptó. “La mayoría me dio la espalda totalmente, no me entendían, comentaban el sinsentido de mi forma de vida. Para ellos el vestirse de mujer no era arte, sino una mera “flojera”. Algunos me aceptaron, sobre todo la familia por parte de mi madre. Ella murió siendo yo muy joven y ellos me ofrecieron el apoyo que, de haber estado mi mamá viva, no me habría faltado.

“El mismo rechazo de la gente me dio fuerza y energía para seguir adelante y defender a toda costa el transformismo, y más que ello mi derecho de ser feliz y expresar el arte como así yo lo sintiera. Fue el modo de imponerme al rechazo, el cual era para mí injustificado y al mismo tiempo la forma que encontré para sentirme libre”.

Y fue después de mucho tiempo y de Miguel Ángel demostrarle a sus seres queridos cómo con el transformismo él no denigraba a nadie, ni dañaba su prestigio social, que llegó la aceptación. “Crecí profesionalmente, pasé los cursos de superación, oportunidad que le agradezco a Fidel y la Revolución, ingresé a la universidad y me gradué de licenciado en Comunicación Social. Además, comencé a trabajar como productor en La Sitiera y más tarde como estilista en estudios particulares de fotos, oficio que aún ejerzo”.

La aceptación de la sociedad, aunque no de toda, también llegó. La casa de cultura Pedro Junco le abrió las puertas al transformismo con un espacio a partir del cual se comenzó a asumir públicamente como una manifestación artística. “A raíz de ahí se creó el evento Transarte, el cual no solo tenía un fin artístico y competitivo, sino también educativo. Recibimos mucho respaldo del Centro de Prevención de las ITS y VIH-Sida, quien colabora con nosotros desde entonces y se ha vuelto nuestro principal apoyo, también el Cenesex desde La Habana, así como todas las instituciones políticas, culturales de nuestra provincia”.

“Anhelamos todavía un reconocimiento oficial como artistas, estar avalados como tal, lo cual nos permitiría tener espacios fijos, peñas, pues a quienes nos preguntan dónde pueden ver nuestras presentaciones, no podemos darle respuesta. El único sitio que tenemos programado es una noche a la semana en el centro nocturno El Faraón, y lo agradecemos, pero necesitamos más”.

El transformismo ocupa un lugar especial en su vida. “Para mí es la cúspide de todo y Samandra ha sido mi prioridad. Desde un inicio ella necesitó un estilista a tiempo completo y como Miguel Ángel, tuve que convertirme en uno de manera empírica. Me gusta que esté bien vestida, maquillada, peinada.

Por ello le he dedicado todo mi esfuerzo y siempre que la vida me dé fuerzas lo seguiré haciendo, porque me ha regalado muchos logros y prestigio, públicamente y a nivel personal. Samandra es mi otro yo, juntos hemos logrado mucho y no quiero separarme nunca de ella”.

Sobre el Autor

Dayelín Machín Martínez

Dayelín Machín Martínez

Licenciada en Periodismo en la Universidad Hermanos Saíz Montes de Oca de Pinar del Río, Cuba

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