Actualizado 20 / 09 / 2018

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El jefe Saavedra

Leonardo Saavedra Cruz. / Foto: Jaliosky Ajete Rabeiro

Leonardo Saavedra Cruz. / Foto: Jaliosky Ajete Rabeiro

El cinco de enero se cumplen 60 años de la fundación de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR). A propósito de la jornada de recordación de esta efeméride, Guerrillero se acerca a la historia de uno de los fundadores: Leonardo Saavedra Cruz.

Era una mañana cualquiera en el poblado de Artemisa y Saavedra se aplicaba, como de costumbre, en su labor de ayudante de orden interior de la región del Minint.

Su oficina quedaba en una segunda planta y a veces, para desperezarse, se asomaba al balcón y reparaba unos minutos en el paisaje exterior. Aquel día le inquietó una neblina densa que empezaba a cubrirlo todo.

¡Qué raro!, le comentó a su secretaria y reparó en que hasta el momento el sol había campeado en el cielo como una yema de huevo tibia.

La empleada no pareció darle mucha importancia al asunto:

Un minuto, teniente, que está sonando el teléfono, dijo y atendió la llamada. La persona en línea reportó que aquella neblina se debía a una fuga de sustancia química, probablemente clorogas, en una estación de bombeo de Acueducto y Alcantarillados.

Saavedra se dirigió de inmediato al sitio del accidente. Cuando llegó ya los trabajadores habían evacuado el edificio y un grupo de bomberos, con sus respectivas máscaras, transportaba el tanque averiado hasta un yipe. El objetivo era soltarlo en la zanja de Majana, pero el carro arrancó muy a prisa y el envase se precipitó a la calle, peligrosamente.

El teniente, que lo estaba observando todo desde su puesto, tuvo el impulso loco de ayudar. Desprotegido como estaba, agarró unos sacos, cubrió el balón y lo introdujo con mucho esfuerzo en el vehículo, pero respiró un poco de aquel gas, suficiente para que las uñas se le pusieran negras, su rostro se tornara cianótico y casi muriera ese día.

Dos meses estuvo hospitalizado, luego le dieron una medalla por la valentía en el trabajo.

“¡Si tú me hubieras visto en aquella época, muchacha! Yo era imparable. No tenía hora fija para llegar a mi casa”, comenta Saavedra.

Antes de ser policía combatió en el Frente Guerrillero que operaba en las montañas de Vueltabajo. Su infancia transcurrió en una casucha de guano y piso de tierra ubicada en el kilómetro 12 de la carretera a Viñales.

“En tiempo de frío cogía un saco de abono, le abría un hueco en el medio y metía el cuello por ahí. Ese era mi abrigo”, relata desde un asiento muy confortable que dispusieron para él en la sala de su casa actual. El asiento es de un material semejante al de las sillas giratorias de oficina.

“En enero del ´59, cuando se fundó la PNR yo era prácticamente analfabeto. Sabía algunas cositas pero apenas podía escribir…”, prosigue. “Uno de mis primeros trabajos fue al frente de la Unidad de Policía de Viñales. Un compañero que tenía sexto grado tuvo que hacerme una lista con la hora militar, que yo desconocía por completo. En aquel tiempo existía un libro borrador donde tenías que apuntar todas las incidencias del día, el más mínimo detalle: cuántos hombres había en la unidad, a qué hora se iban a almorzar, a comer, a dormir…”.

En años posteriores dirigió las unidades de Los Palacios, San Cristóbal y lo nombraron jefe de la Policía en Pinar del Río. Llegó a hacerse incluso abogado y mereció el grado de teniente coronel.

“La provincia tenía tres zonas de comunicaciones por entonces: una en Guane, otra en Pinar y un último control en San Cristóbal. En ocasiones yo tiraba por la planta lo siguiente: ´Por aquí Z 103, repito, Z 103. Estoy en tal punto y me dirijo a Guane´; pero en vez de coger para Guane me iba a San Cristóbal a comprobar cómo andaban las cosas por allá y así tomaba a los trabajadores por sorpresa”, se ríe el muy pícaro.

“Siempre fui estricto con la disciplina. Este reloj que llevo no es de bonito. Me gusta hacer las cosas a su debido tiempo. Almuerzo a las 12 y no a las 12 y media. Así fue siempre.

“Tuve el privilegio de dirigir a hombres muy inteligentes como los instructores Roberto Morejón y Julio, quien estudió en Alemania y tenía muchas luces a la hora de hacer las pesquisas. Onelio Placencia era el jefe de la instrucción policial por entonces. Esos muchachos resolvían con destreza hasta los casos más complejos.

“Recuerdo un asesinato que hubo en el kilómetro 18 de la carretera a La Coloma. Allí encontramos el cuerpo quemado de un individuo cuyo trabajo era recaudar dinero en los puestos de venta estatales y depositarlo en un banco de Pinar del Río.

“Dos hermanos fueron los autores del homicidio. Estudiaron la rutina del recaudador y le ofrecieron llevarlo en carro hasta la ciudad uno de esos días en que aquel señor esperaba por la guagua en la parada con su maletincito cargado. El resto te lo podrás imaginar. “El operativo tardó solo 72 horas”, afirma el otrora policía y elogia además el trabajo que se hacía en las unidades, la labor de los patrulleros y de los jefes de sector. Estos últimos, cuenta, andaban a pie por las calles y estaban al tanto de lo que pasaba en la bodega, en las escuelas, en el barrio…

Saavedra tiene cientos de anécdotas, de pronto no se acuerda de algunas y me pide que vuelva otro día para conversar. Es fácil dar con su casa, vive justo en frente del parque Colón y pasa el día sentado en el portal, viendo la vida pasar, la vida sentada en los carros, recostada a los bancos, saltando entre el bullicio de los niños, acurrucada entre los pepinos que vende el hombre de la carretilla.

“A veces me hago el dormido para no ver cosas que no pueden pasar y ocurren, pero por lo general me siento a gusto aquí. Los espacios abiertos son lo mío. Los viejos conocidos pasan y me saludan con un apretón en la mano, o depende, porque hay quien saluda suavecito. A mí me gusta estrechar la mano con fuerza”.

Sobre el Autor

Susana Rodríguez Ortega

Susana Rodríguez Ortega

Licenciada en Periodismo en la Universidad de Pinar del Río Hermanos Saíz Montes de Oca.

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