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Los últimos toques del tambor yuka

«La música es la misma y también los instrumentos», asegura Prudencio. / Foto: Ronald Suárez Rivas

«La música es la misma y también los instrumentos», asegura Prudencio. / Foto: Ronald Suárez Rivas

Dicen que a pesar de los siglos, el sonido es el mismo. Que de padres a hijos se han pasado los secretos, como quien hace entrega de algo muy preciado.

Por eso, aunque se dice que el tambor yuka desapareció hace años en el resto de Cuba, aquí continúa vibrando, con el ritmo y la fuerza con que muchos grupos de esclavos evocaban la tierra de donde fueron secuestrados.

«La música es igual y también los instrumentos», asegura Prudencio Rivera, el líder de uno de los dos grupos portadores de la tradición que quedan en el país.

Cuentan que en este tipo de toques está la raíz de la rumba, y que al principio se asociaban a la religión y la magia. Según la musicóloga Doris Céspedes, la práctica del tambor yuka se dio en varios sitios de la Isla, introducida por esclavos de origen bantú. En Pinar del Río, llegó a abarcar varios municipios, luego de su llegada hace al menos unos 200 años.

Con el tiempo, sin embargo, iría perdiendo terreno hasta tener en dos comunidades de Vueltabajo (El Guayabo, al norte de la capital provincial, y Barbacoa, en el municipio de San Luis) sus últimos reductos.
«Nosotros hemos mantenido esto de generación en generación, luchando por que nuestra tradición no muera», explica Prudencio.

La mayoría ya no vive en las montañas de El Guayabo, a unos 13 kilómetros al norte de la ciudad pinareña, pero siguen reuniéndose allí periódicamente, para sus ensayos y sus celebraciones, bajo los mismos árboles donde antes lo hicieron sus bisabuelos, sus abuelos y sus padres.

La práctica se basa en tres tambores hechos de troncos ahuecados de aguacate o cedro, en uno de cuyos extremos se clava un parche de cuero de res. Para poderlos manipular, debido a su gran tamaño, los tocadores los colocan entre sus piernas y se los amarran a la cintura.

La música se complementa con tres cantantes, y otros instrumentos secundarios, entre ellos una especie de cencerro, hecho a partir de una reja de arado. Además, varias parejas danzan al compás del tambor. «Es un baile complejo y un tanto sensual, que tiene que ver con el juego amoroso entre la mujer y el hombre», detalla Doris.

En otra época, también participaba un cuentero, que narraba las historias de los ancestros africanos, en las que la realidad y la magia se mezclaban continuamente.

Antes de comenzar el toque, los tambores se afinan calentándolos al fuego, sobre una hoguera de guano, con el propósito de tensar el cuero y lograr un mejor sonido. Dentro de una misma fiesta, los tocadores se iban relevando, para tomar descanso.

«Había una gran cantidad y mucha rivalidad entre ellos, porque las muchachas se enamoraban del que mejor lo hacía. Así que a veces se ponían majaderos, y rompían los cueros de tanto tocar», rememora Prudencio.
«Eran tiempos en los que se celebraba con mucha frecuencia. Alguien decía: “vamos a tocar una vueltecita de tambor”, y la gente salía del campo. Un toque de un rato se convertía en una fiesta. Pero eso ha cambiado», se lamenta.

«Es que no había nada más. Todo el mundo se dedicaba a sembrar tabaco en los conucos o a hacer carbón, y la única diversión era esa», argumenta Felicia Valdés, una de las pocas integrantes del grupo que continúa viviendo en El Guayabo.

A sus 78 años, todavía se mantiene bailando. «Cada vez que me avisan de una actividad, me pongo mis trapos, y me voy», dice. Sin embargo, reconoce que ninguno de sus descendientes ha querido seguir la tradición.

De 16 integrantes que debería tener como mínimo el grupo, en la actualidad apenas llegan a 14. Como solo hay tres tocadores, ya no se pueden rotar. La musicóloga Doris Céspedes lo ve como algo propio de este tipo de tradiciones. «Las personas van mudándose a las ciudades en busca de otros horizontes, otras fuentes de empleo. Es una práctica que se debilita normalmente, porque hay un proceso de desintegración lógico y espontáneo».

Ante esa realidad, considera que Prudencio y los suyos hacen lo posible por preservarla. Incluso tienen varios jóvenes tratando de aprender. Aun así, reconoce que a veces el ánimo decae. «Aquí mismo, en Pinar del Río, hay mil lugares donde no hemos estado, ni se sabe que este tipo de música existe», afirma Gregorio Rivera, quien a sus 86 años es el miembro más longevo del tambor de El Guayabo.

Con el propósito de perpetuar este legado, ante el peligro de que un día pueda desaparecer, Doris se ha encargado de documentar cuanto ha podido. «Durante años he hecho todo mi esfuerzo. Logré transcribir la música al papel, para que se pueda conservar y también poseo grabaciones de distintas épocas».

No obstante, advierte que sería muy triste que la práctica del tambor yuka se perdiera. «Es importante que perdure, porque es parte de la cultura y de la música cubana». Así también lo creen Prudencio y los demás integrantes del grupo. «Ser portadores de esta tradición –dicen– es lo más grande que pudo haber en nuestro camino. Esta es la misma música que nuestros ancestros trajeron de África. De aquí nacieron la rumba y otros géneros musicales, y uno los goza siempre, porque el tambor hace vibrar los corazones».

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Granma

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Órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista de Cuba.

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