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“Estuve cerca del Che”

Dámaso Raul Sánchez

I: El susto
En abril de 1961, ante la inminente agresión del imperialismo estadunidense a la Isla, el comandante del Ejército Rebelde Ernesto Guevara de la Serna, fue designado por la dirección del país como máximo jefe político y militar en Pinar del Río.

La jefatura provincial del Ejército Rebelde radicaba en el antiguo escuadrón número 63 de la Guardia Rural, en Consolación del Sur, hoy hospital 27 de Noviembre. Allí el Che estableció su puesto de mando.

El 16 de abril, Fidel había proclamado el carácter socialista de la Revolución cubana durante la despedida de duelo a las víctimas de los bombardeos a los aeropuertos de Santiago de Cuba, San Antonio de los Baños y Ciudad Libertad, perpetrados por los aviones enemigos camuflados con las insignias de nuestra Fuerza Aérea y procedentes de bases establecidas por Estados Unidos en Centroamérica.

Reinaba un ambiente luctuoso en todos los rincones del país. Esperábamos de un momento a otro la invasión mercenaria, por cualquier punto de la geografía cubana, presumiblemente por la región occidental.

En Vueltabajo, las tropas del Ejército Rebelde y las Milicias Nacionales Revolucionarias aguardaban la orden de partir hacia el frente de batalla.

En la Jefatura Provincial, el Che permanecía atento al desarrollo de los acontecimientos, se telefoneaba a menudo con Fidel Castro, daba instrucciones a sus subordinados. Su oficina quedaba al frente del Departamento de Contrainteligencia Militar, donde yo trabajaba con mi jefe, el capitán Llibre.

La mañana del 18 de abril, el Che se encontraba reunido con su estado mayor. Sobre las 10 salieron del despacho el comandante Dermidio Escalona y otros compañeros. La puerta se quedó entreabierta y pude observar desde afuera al Che, sentado en una silla giratoria de madera, cerca del buró de los teléfonos y la microonda. Fumaba un cabo de tabaco.

Minutos después se puso de pie, exhaló una bocanada de humo y caminó en dirección a donde yo me encontraba. Al pasar a mi lado lo saludé militarmente. Él continuó su paso. Lo seguí con la mirada mientras atravesaba el patio que conducía a la caballeriza. Iba arreglándose el zambrán con la pistola dentro, cubierta por una funda de cuero de las que usaba el ejército de los Estados Unidos. Era una Browning de nueve milímetros, semiautomática, con dos cargadores.

De pronto se le desprendió el zambrán. La pistola dio contra una tubería de agua sin soterrar. Se oyó un disparo. El Che se desplomó en el suelo, como fulminado por un rayo. La sangre manaba a borbotones de una herida próxima a la sien derecha.

Corrí hacia él gritando “Mataron al Che”. En segundos llegaron Escalona, el comandante Pitute Arteaga, el capitán Pablo Ribalta y el jefe de despacho Oscar Valdés, entre otros.

Lo cargamos hasta un Chevrolet Impala del ´60, rojo y blanco, que estaba parqueado frente al cuartel.

Mientras acomodábamos al herido en el asiento trasero del auto, sucedió algo inesperado, este comenzó a recobrar el conocimiento y trató de incorporarse, preguntando en forma intempestiva: “¿Quién me tiró?”.

Sin perder tiempo, Escalona ordenó al conductor poner el auto en marcha rumbo al Hospital Provincial.

En el cuartel nos quedamos algunos compañeros y comprobamos que el accidente había sido provocado por el propio Che, ya que su pistola –que todavía se hallaba dentro de la funda– tenía el casquillo disparado en la recámara. La funda estaba rota por el paso del proyectil. Debemos recordar que el Che siempre llevaba su pistola con una bala en el directo.

En el hospital fue atendido de urgencia. Los galenos certificaron que la herida había sido superficial, a la altura del ojo derecho, lo que le provocó la pérdida del conocimiento y la emanación de abundante sangre. No obstante, se determinó dejarlo ingresado para observar su evolución.

A los dos días fue dado de alta, yendo para la casa de Vega Montes, donde pidió material para curarse la herida él mismo, hasta que se restableció totalmente.

Mientras esto sucedía en Pinar del Río, en la Ciénaga de Zapata se combatía heroicamente hasta el atardecer del día 19, cuando cayó el último reducto de las fuerzas mercenarias en Playa Girón.

II: La Crisis de Octubre

Corría el mes de octubre de 1962. Los servicios de inteligencia de Estados Unidos detectaron emplazamientos de misiles soviéticos en varios puntos de nuestro territorio. El día 22, el gobierno de Estados Unidos decretó el bloqueo aéreo y naval a Cuba.

Los cubanos vivíamos días de tensión. Nuevamente Ernesto Guevara es designado como máximo jefe político y militar de Pinar del Río. Esta vez estableció su comandancia en la Cueva de los Portales del municipio Los Palacios.

En uno de sus recorridos por este territorio, el Che se aproximó a la playa Dayaniguas. Una vez allí, descubrió que los milicianos estaban cavando una trinchera detrás del caserío y preguntó:
–¿Para qué se esfuerzan tanto en balde?
–Por si el enemigo nos ataca y hay que tomar una segunda posición, comandante, respondió un compañero llamado Karim.

Entonces el Che le dijo con voz grave: –Aquí no hay retroceso. Hay que morirse disparando desde la primera trinchera a la orilla de la playa.

Concluido el incidente retornó hacia la comandancia en la Cueva de los Portales. Cuando tenía tiempo, jugaba ajedrez con los compañeros de su estado mayor o se ponía a leer en su cama, dentro de la caverna.

Por aquellos días convocó una reunión urgente con los principales dirigentes de la provincia y explicó la gravedad de la situación. Ordenó preparar 2 000 hombres armados para la resistencia contra el enemigo en las montañas. Eliseo Reyes, el capitán San Luis, expuso que él organizaría al Minint de forma tal que les haría la vida imposible a nuestros enemigos si llegaban a atacarnos.

Concluyendo el encuentro, Guevara dijo con énfasis en su voz: “Compañeros, ese... de Nikita Kruschev nos ha embarcado. Voy para La Habana donde está Fidel que es quien dice la última palabra”.

Serían alrededor de las siete de la tarde del 24 de octubre cuando partió. El sol se había puesto detrás de las montañas. Al día siguiente regresó y nos informó que si en 24 horas el enemigo no atacaba, se había superado la crisis ya que, según noticias no confirmadas, los gobiernos estadounidense y soviético se habían puesto de acuerdo, sin la presencia de autoridades cubanas, sobre la retirada inmediata de los cohetes estratégicos de la Isla. Así terminó la Crisis de Octubre, cuando casi se desata la III Guerra Mundial, esta vez con armas atómicas.

III: Che, Ministro de Industrias

El Che, como Ministro de Industrias, logró estructurar una organización funcional, con rígidos controles sobre la producción, el gasto material y la productividad del trabajo. Mantenía un alto grado de exigencia sobre los dirigentes, cuadros y funcionarios, estableciendo un régimen disciplinario sobre los mismos, poco conocido hasta entonces en Cuba.

Creó en Uvero quemado, en la península de Guanahacabibes, un centro de reducación y rehabilitación, donde enviaba a sujetos que infringían las normas establecidas en dicho Ministerio.

A finales de 1963, el Che visitó ese campamento. Nosotros lo esperábamos allí desde el día anterior, ya que el viaje por tierra demoraba de siete a ocho horas desde El Cayuco. Los caminos eran veredas en medio del monte por encima del diente de perro. Un yipe, o camión con doble tracción, tenía que ir muy despacio.

Como a las 10 de la mañana vislumbramos el avión Cessna donde viajaba el Ministro. Su piloto hizo la maniobra de aterrizaje sobre la pequeña pista construida en la arena, a la orilla del mar, pero no pudo aterrizar, puesto que había un cilindro de compactación en medio de la pista. Volvió a ejecutar la maniobra y esta vez tampoco se decidió. Entonces el Che, que había observado atentamente la operación le advirtió: “O te tiras, o me das los controles para tirarme yo”. Lleno de amor propio y a expensas de su vida y la de su comandante, el piloto hizo lo imposible y el avión tocó tierra.

El Che hizo luego un recorrido por el lugar. Nos saludó a todos, conversó con el personal castigado, indagó por las condiciones de vida del campamento. Terminada la visita, se encaminó hasta el avión, pero en el trayecto lo interceptó un compañero:
–Con permiso, comandante, le dijo.
El Che lo miró extrañado: –¿Qué te pasa Caballo Loco?, así le decían a aquel individuo.
–Usted me dijo que me iba a sacar de aquí cuando se acordara.
–Pero yo todavía no me he acordado, el Ministro sonrió con marcada ironía y abordó su Cessna.
Caballo Loco, desde la arena, vio como el avión alzaba el vuelo y se perdía, como un pájaro, entre las nubes.

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